Homilies 2003
Homilia - 5 de Julio, 2003 (B)
Homilies 2003 home
Main Home Page - Msgr Magee
Homily January 5, 2003 (B)
Homily January 11, 2003 (B)
Homily January 19, 2003 (B)
Homily January 26, 2003 (B)
Homily February 2, 2003 (B)
Homily February 23, 2003 (B)
Homily March 2, 2003 (B)
Homily March 9, 2003 (B)
Homily March 16, 2003 (B)
Homily March 23, 2003 (B)
Homily March 29, 2003 (B)
Homily April 6, 2003 (B)
Homily April 27, 2003 (B)
Homily May 11, 2003 (B)
Homily May 18, 2003 (B)
Homily June 1, 2003 (B)
Homily June 8, 2003 (B)
Homily June 15, 2003 (B)
Homily June 22, 2003 (B)
Homily June 28, 2003 (B)
Homilia - 5 de Julio, 2003 (B)
Homily July 12, 2003 (B)
Homily July 19, 2003 (B)
Homily July 26, 2003 (B)
Homily August 3, 2003 (B)
Homily August 10, 2003 (B)
Homily August 17, 2003 (B)
Homily August 24, 2003 (B)
Homily September 6, 2003 (B)
Homily September 14, 2003 (B)
Homily September 28, 2003 (B)
Homily October 12, 2003 (B)
Homily October 16, 2003 (B)
Homily October 19, 2003
Homily October 26, 2003 (B)
Homily November 2, 2003 (B) All Souls
Homily November 9, 2003 (B)
Homily November 16, 2003 (B)
Homily November 23, 2003 (B)
Homily November 30, 2003 (C)
Homily December 6, 2003 (Wedding)
Homily December 7, 2003 (C)
Homily December 14, 2003 (C)
Homily December 25, 2003 (C)
Homily December 27, 2003(C)

Domingo 14 (B): Ez. 2:2-5; 2 Cor 12:7-10; Mc 6:1-6

 

                No faltan situaciones en la vida cuando exclamamos: “¡Ojalá pudiera yo comprender esta situación tal como la comprende Dios!” Sentimos la frustración, la confusión y, a veces, la desesperación. Quisiéramos oir una voz clara, que indicase el camino, que nos dijiera qué hacer y qué evitar. Pues, es precisamente en esto que consiste la vocación del profeta. En la Biblia, el profeta no es tanto el hombre que prevé el futuro cuanto el hombre que interpreta el presente desde la perspectiva de Dios. El es la voz clara. Y no la es por propia autoridad, sino por la autoridad recibida de Dios. Las primeras palabras de la primera lectura describen de manera muy concreta cómo el profeta recibe su autoridad: “El Espíritu entrò en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba ...” (Ez. 2, 2). Dios mismo llama al profeta, hace entrar a Su Espíritu en él y lo “pone de pie”, o sea, le confiere la fuerza, la rectitud, la autoridad. Además, el profeta “oye al que le habla”, es decir a Dios. La vocación, la misión, la fuerza y las mismas palabras del profeta le vienen de Dios, no de si mismo.

                Con todo, el profeta sigue siendo un hombre. Pensemos a San Pablo, en la segunda lectura. Aunque consciente de los grandes donos espirituales con los cuales Cristo le había enriquecido, este potente Apóstol habla de sus flaquezas: “Por tanto, dice, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo ... pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). No son las flaquezas por si mismas en que San Pablo se gloría; más bien, es porque esas flaquezas lo abren a la necesidad de rendirse totalmente a la potencia de la gracia de Cristo. Como cuenta el mismo San Pablo: el Señor le había dicho: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2 Cor 12, 9).

                Entonces, el profeta no es un hombre perfecto. Sin embargo, no por ello, su mensaje falta de perfección, ya que el mensaje sale de la boca de Dios, no de la del hombre, no del profeta como hombre. Desde luego, el profeta debería sentirse llamado a vivir la perfección con mayor urgencia y entrega: Dios es santo y quien habla por Dios tiene un deber particular de buscar la santidad en su propia vida. Solo que esa búsqueda lo conduce muchas veces a conocer antes sus propias flaquezas, a lamentarlas, a llorarlas y, por fin, a rendirlas a la misericordia y a la sanación de la gracia de Cristo. ¡Ojalá nosotros sacerdotes pudiéramos hacer esto con perseverancia y con la valentía espiritual de S. Pablo!

                El proclamar cuáles son la comprensión y la voluntad de Dios en las situaciones particulares de la vida del individuo, de la pareja, de la famila, de la sociedad, de la Iglesia y del mundo: en esto consiste la misión profética. Por supuesto, todos nosotros, con mayor o menor responsabilidad, somos profetas. La gracia del bautismo, de la confirmación, de la Eucaristía, del matrimonio, del sacerdocio ministerial: estas gracias tienen también su dimensión y su responabilidad proféticas. La gracia de estos sacramentos nos ha sido donada para que podamos oir nosotros también las palabras del Señor a S. Pablo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2 Cor 12, 9). Reconozcamos con humildad que fallamos en la vivencia de nuestra vocación cristiana: de hijos de Dios, de testigos de Cristo, de comunión fraterna, de matrimonios fieles, de sacerdocio ministerial. Pero, en el mismo tiempo, reconozcamos con alegría y profunda confianza que, si confesemos nuestros pecados, recibiremos la gracia del perdón de Cristo y podremos renovar nuestra resolución de vivir nuestras respectivas vocaciones con aún mayor fidelidad.

                Por cierto, en un mundo a menudo hostíl al Señor, el ser testigos, el ser profetas no es nada fácil. Por otro lado, el Señor no nos dijo que sería fácil: al contrario, nos avisó que seguirle a El significaría sufrimiento y oposición. La promesa de la felicidad de Cristo echa sus raices desde ya en el corazón de quienes, por amor a El, aceptan los sufrimientos de su vocación en esta vida. Cristo nos fortalece para que soportemos la cruz, sin miedo a la ignominia que ella conlleve, porque confiamos en el gozo final que nos espera (Heb 12, 2).

                La oposición a Cristo, a su Palabra, a su voluntad y a su plan de salvación, ya empezó en el jardín de Eden, y será vencida definitivamente solo cuando El regresará en la gloria al final de los tiempos. Para mientras, El mismo Jesús camina, sufre, comparte con nosotros todas las hostilidades que el mal presenta a los seguidores fieles del Señor. Nunca estamos solos en nuestros dolores, aunque a veces así lo sentimos. Y este mal que se nos opone, ¿donde se encuentra? En primer lugar, se encuentra en cada uno de nosotros. Lo que llamamos la “concupiscencia”, o sea, el efecto del pecado original, sigue en nosotros no obstante el bautismo. La concupiscencia misma no es pecado, pero viene del pecado y conduce al pecado. Es la tendencia profunda en cada persona de considerarse a si misma como si fuera “dios”. Es la tendencia a la rebeldía contra Dios, o sea a la atracción del orgullo. Por eso, sentimos la lucha, la agonía, de resistir el pecado y de conseguir el bien. A Dios le decimos “sí”, pero tantas veces, en los hechos concretos, sale más bien el “no”. Luego, los pecados personales que cometemos apesadumbran, complican aún más la influencia y la fuerza de la concupiscencia. Vuelven la lucha contra el mal y para el bien mucho más árdua. Por esto, necesitamos la oración en la hora de la tentación; necesitamos la luz que viene de lo alto a través de la palabra de Dios que deberíamos leer un poquito cada día; necesitamos la disciplina del cuerpo, de la mente, de los recuerdos, de la imaginación, o sea hay que cultivar las virtudes morales y teológicas (fe, esperanza y caridad); necesitamos como dos pulmones, los sacramentos de la confesión y de la comunión, para ir purificándonos y para recibir la fortaleza interior del perdón, del Cuerpo y de la Sangre del Señor. No se puede vencer una batalla sin los medios necesarios; así pues no debemos maravillarnos si el pecado nos ahoga si no hagamos un esfuerzo sincero y perseverante para obtener las armas espirituales necesarias.

                Luego, es evidente que, si uno ya encuentra dentro de si mismo una cierta oposición al profeta que uno es, la va a encontrar también en los demás, a veces subtilmente, a veces sin ambages. Ser profeta en su propia casa no es fácil, pero es necesario. La verdad, hay que decirla: con comprensión, compasión y paciencia, pero con claridad, con convicción y sin hesitaciones. Los de casa dicen, como lo decían también los de la casa de Jesús: “¿De donde le viene esto? Y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? .. ¿No es éste el carpintero? .. Y se escandalizaban a causa de él” (Mc 6, 2-3). ¡Cuantos padres y cuantas madres de familia sienten que sus hijos ni les escuchen más, como si dijeran en sus corazones, “¿Porqué hacerle caso a él o a ella? ¡Son solo mis padres!”. Dicho esto, ¿cuantos padres y cuantas madres se hurtan con esa actitud de sus hijos porqué no han asumido con suficiente confianza y tenacia sus responsabilidades como padres? Ser padre o madre también quiere decir ser profeta para el bien de sus hijos. Quizá, en esta cuestión se encuentran los raices de la crisis de autoridad en la sociedad y, desgraciadamente, en la Iglesia.

                Finalmente, la oposición al profeta, al que proclama la voluntad de Dios, viene de la sociedad y del mundo, en donde la influencia de Satanás, escondida detrás de muchas luces y otras atracciones más, logra con éxito espantoso endurecer el corazón del hombre. La ceguera espiritual causada por los afanes mundanos ocasiona no simplemente la rebeldía contra Dios y todo lo que es de Dios, sino puede llevar al hombre hasta el punto de la indiferencia hacia Dios. No es que diga que Dios no existe; dice simplemente que ya no le interesa. Cuando Yahvé remonstra Israel por su contumacia en la primera lectura de hoy, dice: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido” (Ez 2, 2-3).  Lo mínimo que se puede decir es que, por lo menos, reconocieron la existencia de Dios, ya que por el hecho de rebelar contra El, El mismo tiene que existir. Lo mismo pasa a Jesús en Nazaret: por lo menos le reconocen a El como el carpintero, y hasta admiten que tiene una sabiduría excepcional. ¿Pero hoy en día qué pasaría? Me parece a mí que, mientras hay muchas personas alejadas de Dios y de la Iglesia por razones de orden personal y que, en nuevas circumstancias, podrían profesar de nuevo su fe en Cristo, existen también aquellos para los cuales Dios simplemente no les importa. Dicen de tener lo que quieren, y basta.

                Existe también la curiosa situación en donde la libertad de expresión no se extiende a la libertad de hablar del Evangelio, de Cristo o de la Iglesia. Parece una libertad selectiva y cerrada; se nos acusa de querer imponer la fe. ¡Pero, ojo! El proponer a otros la doctrina de la fe que profesamos no se puede describir como un imponer. Más bien, lo que pasa es que los que se profesan áteos o seglares o agnósticos se reservan el derecho de difundir sus enseñanzas, aprovechando del hecho que no tienen la etiqueta de “religión”. Y como sabemos, muchas de dichas enseñanzas “seglares” son, desde la perspectiva católica, totalmente inaceptables en lo que se refiere a los temas fundamentales de la moralidad humana. Y sin embargo, y sin oposición, son esas así dichas “enseñanzas” que vayan imponiéndose en distintos sectores de la vida social, con una pretensión general de infalibilidad que ni el Papa se atrevaría a emplear.

                Hermanos, la Verdad de Cristo es a menudo poco popular, difícil, desafiante. Pero solamente esa Verdad nos hará libres (Jn 8, 32), en nuestras vidas interiores y personales, en nuestros matrimonios y familias, en nuestra Iglesia y sociedad. Yo quisiera concluir, exhortándoles siempre a buscar esa Verdad, a dar testimonio fiel a Ella por el ejemplo de sus vidas, a enseñarla con gozo y entusiasmo a sus hijos y, cuando se vuelve necesario, proclamarla sin miedo ante los que la rechazan. Porque aunque la rechazan, por lo menos la habrán oído, y el Señor de Misericordia y de Justicia otorgará a cada quien el justo premio de sus actitudes interiores y de sus hechos el día en que viendrá para juzgar a los vivos y a los muertos. Amen.

 

Mons. Peter Magee

Iglesia de “Mother Seton”, Germantown, MD

Sabado, 5 de Julio de 2003, Misa de Vigilia, 6.00 pm.