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Domingo 14 (B): Ez. 2:2-5; 2 Cor 12:7-10; Mc 6:1-6
No faltan situaciones en la vida cuando exclamamos: “¡Ojalá pudiera yo comprender esta situación tal como la
comprende Dios!” Sentimos la frustración,
la confusión y, a veces, la desesperación. Quisiéramos oir una voz clara, que indicase el camino, que nos dijiera qué hacer
y qué evitar. Pues, es precisamente en esto que consiste la vocación del profeta. En la Biblia, el profeta no es tanto el
hombre que prevé el futuro cuanto el hombre que interpreta el presente desde la perspectiva de Dios. El es la voz clara. Y
no la es por propia autoridad, sino por la autoridad recibida de Dios. Las primeras palabras de la primera lectura describen
de manera muy concreta cómo el profeta recibe su autoridad: “El Espíritu entrò en mí como se me había dicho y me hizo
tenerme en pie; y oí al que me hablaba ...” (Ez. 2, 2). Dios mismo llama al profeta, hace entrar a Su Espíritu en él
y lo “pone de pie”, o sea, le confiere la fuerza, la rectitud, la autoridad. Además, el profeta “oye al
que le habla”, es decir a Dios. La vocación, la misión, la fuerza y las mismas palabras del profeta le vienen de Dios,
no de si mismo.
Con todo, el profeta sigue siendo un hombre. Pensemos a San Pablo, en la segunda lectura. Aunque consciente de los
grandes donos espirituales con los cuales Cristo le había enriquecido, este potente Apóstol habla de sus flaquezas: “Por
tanto, dice, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo ...
pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). No son las flaquezas por si mismas en que
San Pablo se gloría; más bien, es porque esas flaquezas lo abren a la necesidad de rendirse totalmente a la potencia de la
gracia de Cristo. Como cuenta el mismo San Pablo: el Señor le había dicho: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra
perfecta en la flaqueza” (2 Cor 12, 9).
Entonces, el profeta no es un hombre perfecto. Sin embargo, no por ello, su mensaje falta de perfección, ya que el
mensaje sale de la boca de Dios, no de la del hombre, no del profeta como hombre. Desde luego, el profeta debería sentirse llamado a vivir la perfección con
mayor urgencia y entrega: Dios es santo y quien habla por Dios tiene un deber particular de buscar la santidad en su propia
vida. Solo que esa búsqueda lo conduce muchas veces a conocer antes sus propias flaquezas, a lamentarlas, a llorarlas y, por
fin, a rendirlas a la misericordia y a la sanación de la gracia de Cristo. ¡Ojalá nosotros sacerdotes pudiéramos hacer esto con perseverancia y con la valentía espiritual
de S. Pablo!
El proclamar cuáles son la comprensión y la voluntad de Dios en las situaciones particulares de la vida del individuo,
de la pareja, de la famila, de la sociedad, de la Iglesia y del mundo: en esto consiste la misión profética. Por supuesto, todos nosotros, con mayor o menor responsabilidad,
somos profetas. La gracia del
bautismo, de la confirmación, de la Eucaristía, del matrimonio, del sacerdocio ministerial: estas gracias tienen también su
dimensión y su responabilidad proféticas. La gracia de estos sacramentos nos ha sido donada para que podamos oir nosotros también las palabras del Señor a S. Pablo:
“Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2 Cor 12, 9). Reconozcamos con humildad
que fallamos en la vivencia de nuestra vocación cristiana: de hijos de Dios, de testigos de Cristo, de comunión fraterna,
de matrimonios fieles, de sacerdocio ministerial. Pero, en el mismo tiempo, reconozcamos con alegría y profunda confianza
que, si confesemos nuestros pecados, recibiremos la gracia del perdón de Cristo y podremos renovar nuestra resolución de vivir
nuestras respectivas vocaciones con aún mayor fidelidad.
Por cierto, en un mundo
a menudo hostíl al Señor, el ser testigos, el ser profetas no es nada fácil. Por otro lado, el Señor no nos dijo que sería fácil: al contrario, nos avisó que
seguirle a El significaría sufrimiento y oposición. La promesa de la felicidad de Cristo echa sus raices desde ya en el corazón
de quienes, por amor a El, aceptan los sufrimientos de su vocación en esta vida. Cristo nos fortalece para que soportemos la cruz, sin miedo a la ignominia
que ella conlleve, porque confiamos en el gozo final que nos espera (Heb 12, 2).
La oposición a Cristo,
a su Palabra, a su voluntad y a su plan de salvación, ya empezó en el jardín de Eden, y será vencida definitivamente solo
cuando El regresará en la gloria al final de los tiempos. Para mientras, El mismo Jesús camina, sufre, comparte con nosotros todas las hostilidades que el mal presenta a los seguidores
fieles del Señor. Nunca estamos solos en nuestros dolores, aunque a veces así lo sentimos. Y este mal que se nos opone, ¿donde se encuentra?
En primer lugar, se encuentra en cada uno de nosotros. Lo que llamamos la “concupiscencia”, o sea, el efecto del
pecado original, sigue en nosotros no obstante el bautismo. La concupiscencia misma no es pecado, pero viene del pecado y
conduce al pecado. Es la tendencia profunda en cada persona de considerarse a si misma como si fuera “dios”.
Es
la tendencia a la rebeldía contra Dios, o sea a la atracción del orgullo. Por eso, sentimos la lucha, la agonía, de resistir
el pecado y de conseguir el bien. A Dios le decimos “sí”, pero tantas veces, en los hechos concretos, sale más
bien el “no”. Luego, los pecados personales que cometemos apesadumbran, complican aún más la influencia y la fuerza
de la concupiscencia. Vuelven la lucha contra el mal y para el bien mucho más árdua. Por esto, necesitamos
la oración en la hora de la tentación; necesitamos la luz que viene de lo alto a través de la palabra de Dios que deberíamos
leer un poquito cada día; necesitamos la disciplina del cuerpo, de la mente, de los recuerdos, de la imaginación, o sea hay
que cultivar las virtudes morales y teológicas (fe, esperanza y caridad); necesitamos como dos pulmones, los sacramentos de
la confesión y de la comunión, para ir purificándonos y para recibir la fortaleza interior del perdón, del Cuerpo y de la
Sangre del Señor. No se puede vencer una batalla sin los medios necesarios; así pues no debemos maravillarnos si el pecado
nos ahoga si no hagamos un esfuerzo sincero y perseverante para obtener las armas espirituales necesarias.
Luego, es evidente que,
si uno ya encuentra dentro de si mismo una cierta oposición al profeta que uno es, la va a encontrar también en los demás,
a veces subtilmente, a veces sin ambages. Ser profeta en su propia casa no es fácil, pero es necesario. La verdad, hay que decirla:
con comprensión, compasión y paciencia, pero con claridad, con convicción y sin hesitaciones. Los de casa dicen, como lo decían
también los de la casa de Jesús: “¿De donde le viene esto? Y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? .. ¿No es éste
el carpintero? .. Y se escandalizaban a causa de él” (Mc 6, 2-3). ¡Cuantos padres y cuantas madres de familia sienten
que sus hijos ni les escuchen más, como si dijeran en sus corazones, “¿Porqué hacerle caso a él o a ella? ¡Son solo
mis padres!”. Dicho esto, ¿cuantos padres y cuantas madres se hurtan con esa actitud de sus hijos porqué no han asumido
con suficiente confianza y tenacia sus responsabilidades como padres? Ser padre o madre también quiere decir ser profeta para
el bien de sus hijos. Quizá, en esta cuestión se encuentran los raices de la crisis de autoridad en la sociedad y, desgraciadamente,
en la Iglesia.
Finalmente, la
oposición al profeta, al que proclama la voluntad de Dios, viene de la sociedad y del mundo, en donde la influencia de Satanás,
escondida detrás de muchas luces y otras atracciones más, logra con éxito espantoso endurecer el corazón del hombre. La ceguera
espiritual causada por los afanes mundanos ocasiona no simplemente la rebeldía contra Dios y todo lo que es de Dios, sino
puede llevar al hombre hasta el punto de la indiferencia hacia Dios. No es que diga que Dios no existe; dice simplemente
que ya no le interesa. Cuando Yahvé remonstra Israel por su contumacia en la primera lectura de hoy, dice: “Hijo de
hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han
sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido” (Ez 2, 2-3). Lo mínimo que se puede decir es que, por lo menos, reconocieron la existencia de Dios, ya que por el hecho
de rebelar contra El, El mismo tiene que existir. Lo mismo pasa a Jesús en Nazaret: por lo menos le reconocen a El como el
carpintero, y hasta admiten que tiene una sabiduría excepcional. ¿Pero hoy en día qué pasaría? Me parece a mí que, mientras
hay muchas personas alejadas de Dios y de la Iglesia por razones de orden personal y que, en nuevas circumstancias, podrían
profesar de nuevo su fe en Cristo, existen también aquellos para los cuales Dios simplemente no les importa. Dicen de tener
lo que quieren, y basta.
Existe también la curiosa
situación en donde la libertad de expresión no se extiende a la libertad de hablar del Evangelio, de Cristo o de la Iglesia.
Parece una libertad selectiva y cerrada; se nos acusa de querer imponer la fe. ¡Pero, ojo! El proponer a otros
la doctrina de la fe que profesamos no se puede describir como un imponer. Más bien, lo que pasa es que los
que se profesan áteos o seglares o agnósticos se reservan el derecho de difundir sus enseñanzas, aprovechando del hecho que
no tienen la etiqueta de “religión”. Y como sabemos, muchas de dichas enseñanzas “seglares” son, desde la
perspectiva católica, totalmente inaceptables en lo que se refiere a los temas fundamentales de la moralidad humana. Y
sin embargo, y sin oposición, son esas así dichas “enseñanzas” que vayan imponiéndose en distintos sectores de
la vida social, con una pretensión general de infalibilidad que ni el Papa se atrevaría a emplear.
Hermanos, la
Verdad de Cristo es a menudo poco popular, difícil, desafiante. Pero solamente esa Verdad nos hará libres (Jn 8, 32),
en nuestras vidas interiores y personales, en nuestros matrimonios y familias, en nuestra Iglesia y sociedad. Yo quisiera
concluir, exhortándoles siempre a buscar esa Verdad, a dar testimonio fiel a Ella por el ejemplo de sus vidas, a enseñarla
con gozo y entusiasmo a sus hijos y, cuando se vuelve necesario, proclamarla sin miedo ante los que la rechazan. Porque aunque
la rechazan, por lo menos la habrán oído, y el Señor de Misericordia y de Justicia otorgará a cada quien el justo premio de
sus actitudes interiores y de sus hechos el día en que viendrá para juzgar a los vivos y a los muertos. Amen.
Mons. Peter Magee
Iglesia de “Mother Seton”, Germantown, MD
Sabado, 5 de Julio
de 2003, Misa de Vigilia, 6.00 pm.
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