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Estas notas se publicaron en mi columna costumbrista del semanario La Política Cómica, en la ciudad de Miami en 1998. Una
década después, todavía me hacen sonreir, espero que a ustedes también.
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El dominó El dominó era uno de los entretenimientos favoritos del cubano, antes de que existiera el televisor con
control remoto. Y también era una de las formas más baratas y amenas de matar el tiempo, sin necesidad de salir de la casa.
En casi todos los hogares había un lugar especial reservado a las partidas de dominó de los fines de semana, que generalmente
era el portal de la casa o el patio del fondo. Lo único que se necesitaba era una mesa cuadrada en cuya superficie pudieran
deslizarse fácilmente las fichas, preferiblemente con un cristal; cuatro taburetes y dos parejas que se retaran entre sí,
amenazando con hacer “pollona”.
Había varios tipos clásicos de jugadores de dominó. Estaba el alardoso, que se pasaba todo el juego asegurando que no iba
a dejar que los contrarios “se pegaran”, porque él se las sabía todas; el agresivo, que casi agarraba por el cuello
al que se “pegara” cuando él pensaba que tenía ganado el juego porque solamente le quedaba el doble blanco; el
susceptible, que cuando perdía la jugada se levantaba de la mesa sin decir una palabra y no regresaba a jugar en dos o tres
semanas; el psíquico, que sabía de antemano todas las fichas que tenía el contrario y las jugadas que pensaba hacer y, por
último, el perdonavidas. Este era el que, generalmente jugaba con la esposa. Si ella se pegaba, la miraba con lástima, como
dando a entender que si había ganado no había sido porque ella jugaba bien, sino porque él había controlado el juego. ¡Pero
ay de la pobre mujer si perdían, que caían sobre ella todas las maldiciones del infierno! Porque, en ese caso, ¿cómo no iban
a perder, si la muy cretina le mataba todas las jugadas?
El lenguaje que se habla mientras se juega el dominó —porque no hay un juego en el que se hable tanto como en éste,
a pesar del conocido adagio de que “el dominó lo inventó un mudo”—, es totalmente indescifrable para los
no iniciados. Tratemos de explicar, por ejemplo, un juego cualquiera: “Pancho salió con la caja de muerto y Julio puso
la puya en la mesa. Cuco, que es un bota gordas, se agachó y jugó por la puya, poniendo a Nuevitas, puerto de mar. Ahí mismo
aprovechó Cheíto para soltar la que menos pesa, lo que provocó que Pancho repitiera la salida y que Julio se pasara, por lo
que gritó a todo pulmón: ¡caballeros, qué desgracia! ¡estoy jugando contra tres!” Todo esto, traducido a un buen cristiano,
significa que Pancho salió con el doble seis, y Julio puso el seis-uno. Cuco, que se pone nervioso cuando le caen fichas muy
grandes, en lugar de matar el seis, puso el uno-nueve, oportunidad que aprovechó Cheíto para soltar nada menos que el doble
nueve. En la segunda vuelta, Pancho puso el nueve-seis, quedando la ficha con la que comenzó el juego por los dos extremos.
Y Julio, que no tenía ni un solo seis, acusó con mucha razón a su pareja de haber jugado para su propia conveniencia, ignorando
que debía jugar en favor de los dos. Sencillo, ¿verdad?
Tan sencillo es, que muchísimas frases que se usan mientras se juega dominó, se aplican entre cubanos a las situaciones de
la vida cotidiana. Por ejemplo, si un individuo es propenso a hacer trampas para obtener ventajas personales, se le advierte
que “no meta forros”. Si alguien escucha algo sorprendente y delicado, sobre lo que no desea opinar, se defiende
diciendo que “se pasa con fichas”. Y de aquel que tiene tanta influencia o poder, que es capaz de solucionar el
problema más difícil, se dice que es el único que puede “mover las fichas”.
Desgraciadamente, esta tradición, como tantas otras que eran características del pueblo cubano, ha ido desapareciendo. Ahora
la gente prefiere alquilar una película y sentarse a verla en la sala de la casa con el aire acondicionado puesto. En muy
pocas casas se reúnen las familias los domingos a continuar esta costumbre que forma parte de nuestra nacionalidad. Únicamente
los “viejitos de la Calle Ocho”, como se les llama familiarmente a las personas que acuden día tras día al Parque
del Dominó, en la Pequeña Habana, siguen fieles a este juego que alguien me dijo un día que se inventó en China, pero que
en ninguna parte del mundo se jugaba con tanto entusiasmo como en Cuba. A ellos, con la admiración de una jugadora que siempre
tiene el juego listo sobre la mesa, esperando por los amigos, llegue esta estampa a modo de humilde homenaje.
El cubano y la gastronomía Para el cubano, todo lo relacionado con la gastronomía tiene una enorme importancia.
De ahí que no exista un solo barrio de Miami donde no haya varios restaurantes de comida cubana.
Esa vocación culinaria se refleja también en la forma de hablar del cubano, quien todo lo resuelve estableciendo comparaciones
con comestibles.
Por ejemplo, si un bebito es cariñoso y tranquilo, se dice de él que es un “dulce”, mientras que si por el contrario,
es travieso y amigo de alborotar la casa, se dice que el chiquillo es “ají guaguao”. Lo mismo sucede con una joven
bien parecida, a la que los representantes del sexo opuesto le suelen llamar “bombón” o “caramelo”,
pero que al conseguir pareja, entonces le llaman “galleta con gorgojo”.
Si un individuo es tardío de mente o acostumbra a hablar boberías, se le califica de “comegofio” o se comenta
de él que siempre está “comiendo catibía”. Pero si el tipo hace algo digno de elogio, inmediatamente se dice que
“se la comió”.
Cuando a un cubano se le presenta una situación envidiable y sabe aprovecharla, se puede afirmar que “se da banquete”,
mientras que si atraviesa por una situación desventajosa se dice que “se le puso malo el mantecao” y que ahora
va a saber “lo que son cajitas de dulce guayaba”.
Las parejas de enamorados, en la primera etapa de su relación, se muestran hechas “una melcocha”, y hasta se dicen
una frase que resume su disposición a compartir la vida en las buenas y en las malas: “mi vida, contigo pan y cebolla”.
Sin embargo, si el compromiso se rompe por cualquier motivo, no es raro que uno de los dos comience a resaltar los defectos
del otro, lo que hace comentar a quien lo escuche: “¿repugnancia con el dulce de coco, después que te lo comiste?”
Es muy frecuente que, si alguien emprende una acción equivocada, se le diga jocosamente que “se comió un cake”,
y si el afectado, para no seguir siendo blanco de bromas, trata de cambiar el tema de la conversación, siempre hay quien le
advierte: “fulano, ¡no me vires la tortilla!”
Aquel que no desea que lo involucren en un asunto delicado, reclama que “lo dejen fuera de ese potaje”. Si una
dama se levanta de su asiento de forma descuidada, puede que se le quede la falda metida entre las nalgas, lo que provoca
el comentario de que “se le están quemando los frijoles”. Y, si por casualidad, cruza las piernas sin mucho miramiento,
habrá más de un caballero en alerta, tratando de “cogerle jamón”.
La vocación culinaria del cubano se manifiesta claramente en su música popular, en la que abundan estribillos como “el
que siembra su maíz, que recoja su pinol”, “paga lo que debes y toma chocolate”, “cómprame un cucuruchito
de maní” y “pican, no pican, los tamalitos de Olga”.
Hasta aquí creo haber demostrado fehacientemente lo que yo llamo la vocación gastronómica del cubano. Ahora me despido hasta
la próxima ocasión, no vaya a ser que algún cibernauta considere que “estoy comiendo de lo que pica el pollo”
y mande esta página Web a “freír churros”.

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Personajes y cubanismos
Desde que aprende a decir sus primeras palabras, el cubano comienza a familiarizarse con un montón de personajes a los que
nunca ha visto, y en muchos casos ni siquiera conoce su procedencia. Pero que llegan a ser tan familiares que uno sigue nombrándolos
día tras día durante toda la vida, costumbre que heredan nuestros hijos y nietos sin andar preguntando quiénes fueron en vida
-si alguna vez existieron- los dichosos personajes.
El más cheverón de todos debe de haberse llamado José, aunque se desconoce su apellido. De ahí que, cuando alguien acostumbra
a tomar acciones por su cuenta y riesgo, sin consultar a nadie ni tener en cuenta ningún tipo de norma, se comenta de él que
"hace las cosas de a Pepe". Por el contrario, Vicente, no debe de haber tenido mucho criterio propio a la hora de tomar decisiones,
conformándose con ir a donde iba la gente.
De todos estos personajes, tan mencionados en los hogares cubanos en todas las circunstancias, no cabe duda que la que mejor
vida se dio fue una tal "Carmelina". El más bruto, por supuesto: ¡Canuto! El de peor educación un tal Blas, que "come y se
va". El peor parecido, Perico, a quien Dios no le dedicó mucho tiempo y lo pintó lo mejor que pudo, a toda prisa. La más aclamada,
una tal Pepa, a la que todo el mundo le da vivas. La menos aplicada, Cachita, a quien constantemente se le manda para la escuela.
La más inoportuna, Catana, que parió cuando éramos pocos. El más golpeado, Genaro, porque lo tumbó la mula. Y el más buscapleitos,
un tal Pancho Alday que formó una bronca de tales magnitudes que todavía se recuerda.
También hay dos hermanitas muy mencionadas, pero solamente se conoce el nombre de una de ellas. Total, que son tan parecidas,
que lo mismo da Juana que su hermana.
Del mismo modo están los personajes más fiesteros, como Antonio, el de la flauta y Bartolo, en cuyo platanal todos se reúnen
a bailar. Y los que perecieron por una muerte trágica, como Chacumbele, que se mató él solito; el célebre Papá Montero, a
cuyo velorio acudió a llorar todo un pueblo y la pobre Lola, a quien mataron a las tres de la tarde, hora en que todos los
cubanos la han recordado de generación en generación.
Hay que ver las veces que nombramos a todos estos personajes, sin tratar de averiguar jamás su origen. Se podría decir que
todos ellos han existido desde los tiempos de María Castaña, personaje éste también del que ignoramos su procedencia. Como
ignoramos la de Ángela Pérez, Don Juan de los Palotes, Ambrosio, el de la carabina; Marcos Pérez, del que hay muchos en Buena
Vista y Pacheco, al que la novia parece haberlo dejado plantado ante el altar. ¡Pero de lo que sí estamos seguros es de que
son tan cubanos como el pan con timba y el guaguancó!
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El cubano y la música
Si una característica del cubano no puede someterse a discusión, es su musicalidad. La música forma parte indisoluble del
cubano, casi desde el momento de nacer.
Seguramente esa es la razón por la cual está tan ligada a nuestro lenguaje, como se descubre al revisar algunas de nuestras
expresiones más comunes.
Es muy frecuente emplear esta frase para animar a alguien a llevar adelante un propósito a pesar de las dificultades: “¡arriba
con los tambores!” Si un grupo de amigos están conversando y se acerca alguien que no goza de su simpatía, y delante
del cual no se quiere seguir hablando, se dice que “le cayó comején al piano”. Cuando nos encontramos con alguien
que nos tiene aburridos hablando siempre de lo mismo, le decimos que “no siga con la misma cantaleta” o que “no
nos venga con el mismo sonsonete”. Pero si es alguien a quien le tenemos afecto, y queremos que se dé por vencido con
respecto a algo imposible de lograr, le aconsejamos que “olvide el tango y cante bolero”.
Cuando llega a nuestra casa alguien muy respetado o querido, se le recibe “con bombo y platillo”, y a los pocos
minutos “se forma el guaguancó”. Pero si el recién llegado no es recibido con mucho entusiasmo, no le queda más
remedio que “irse con su música a otra parte”, porque, en definitiva, el dueño de la casa es “el que dirige
la orquesta”. Claro, que es posible que la esposa del cabeza de familia lo lleve “a paso de conga”, y que
con sólo una mirada le haga “cambiar de palo pa’ rumba” y lo obligue a invitar al visitante a tomar asiento.
Si el recién llegado es cubano reyoyo, posiblemente preguntará que “cómo está el mambo”. Y si no encuentra cómo
romper el hielo, podrá comentar que hace un calor “que le ronca el clarinete”. Después, para “no perder
el compás”, “tomará la batuta” y posiblemente no dejará que nadie ponga una en la conversación. Si su educación
deja bastante que desear, podría llegar al extremo de descalzarse los zapatos y “darse violín en los pies” en
la misma cara de los presentes. Y será entonces que los anfitriones, a los que ya se les habrá acabado la paciencia, “le
cantará la Guantanamera” al descarado. Sin duda, una vez que se haya ido, la familia comentará que “ese tipo es
un baqueta”.
Pasado algún tiempo, si se conoce la noticia de que el indeseado visitante “cantó el Manisero”, entonces se le
reconocerán todas sus virtudes, porque en definitiva, ya está muerto y “una cosa es con guitarra y otra con violín”.
Ahora doy por terminado este artículo, porque mi jefe me está apurando para que se lo entregue. Por cierto, ayer le sugerí
que pensaba irme de vacaciones la semana que viene, y me contestó: “¡no te embulles, que no vas al baile!”; creo
que “me va a tocar bailar con la más fea. Parece que no está de muy buen humor, así es que debo evitar a toda costa
que entre a mi oficina y “me cante las cuarenta”.
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