! Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares,
Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.
11Vale
más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.
Muchos de nosotros aquí, venimos de lugares distintos y lejanos para encontrar una casa en Santa María de los Ángeles.
Muchos nacieron en países distantes de América del Sur y Centro América, en el Caribe y Asia. Muchos vienen de otros vecindarios:
como Dorchester y Roslindale, Chestnut Hill y Newton, Cambridge y Walpole, tal vez
incluso más lejos. Cada uno de nosotros trae a la comunidad una cultura diferente. Y por cultura quiero decir todo lo que
nos hace a nosotros lo que somos, nuestra identidad, todo lo que nos hace diferente de los otros. Esta diversidad cultural
hace de Santa María de los Ángeles una parroquia única y especial en la arquidiócesis de Boston, especialmente porque nosotros
tratamos de entretejer y unir todas esas culturas en una sola cultura, la cultura de Santa María de los Ángeles.
Cuando usamos la palabra cultura, tendemos a pensar de culturas étnicas o culturas nacionales
como Puertorriqueño, Dominicano, Americano, Camboyano, o Jamaiquino, etc. pero hay culturas de vecindario y culturas de familia
y culturas personales. Aunque crecimos en la misma casa, reconozco que mis hermanos y yo desarrollamos culturas diferentes
porque fuimos a diferentes escuelas, hicimos amistades diferentes, e hicimos diferentes pasatiempos. Y créanme, los más jóvenes
en cualquier familia, como yo, crecen en culturas diferentes a las de sus hermanos mayores, simplemente por ser los menores.
El lugar de uno en la familia hace una gran diferencia. Nuestras experiencias son diferentes.
Esta grandiosa diversidad refleja la infinitud de Dios que quiere ser reflejado en una
infinitud de rostros. Nuestro Dios no
es aburrido y no creó un mundo aburrido. Las culturas son como los colores el arco iris, hermosas casa una, pero espectaculares
cuando están juntas a lo largo del cielo. El arco iris es un símbolo del amor leal de Dios, de la misericordia de Dios. Yo veo un hermoso arco iris aquí en Santa María de los Ángeles en el gesto de la paz
cuando el silencio cesa y se convierte en abrazo fraternal, cuerpos que flotan en las naves de la iglesia y el coro que se
levanta en hermosa entonación de música alegre.
Pero sabemos que no todo es armonía, paz, alegría: ni en Santa María de los Ángeles, ni
en nuestras comunidades, ni en nuestros hogares ni en nosotros mismos. En vez de apoyarnos los unos a los otros, nos alejamos.
En vez de apreciar las diferencias culturales, nos separamos y nos escondemos en nuestros
egoísmos.
En vez de compartir palabras de amor, envenenamos el ambiente con chisme.
En vez de trabajar por la comunión, implementamos la división.
En vez de mirar en nuestras propias fallas, culpamos a los otros.
La tradición dice que San Juan, el autor del cuarto evangelio, solía predicar solo un
sermón a su comunidad, las palabras de Jesús: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. La gente se
quejó porque ellos escuchaban las mismas palabras una y otra vez. “Juan, dijeron, ¿no tienes otro sermón que predicar?”
Se dice que el respondió: “Pero ustedes no han aprendido este todavía”.
“Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Dios es amor. Dios es
más que amor. La carta a los hebreos dice: “Dios es amor misericordioso”. Y este amor misericordioso es el “Ser
mas profundo de Dios que se viene a nosotros para mantener el mundo creado y visible en amor inquebrantable”. (Bourgeault:
“Esperanza mística” p. 25). El amor misericordioso nos une a la gente en una “alianza de corazones”
(Bourgeault. Ibíd.)
De cualquier manera, somos gente desbaratada, quebrada, rota, y necesitamos sanación.
De alguna forma hemos pecado y pedimos perdón; de alguna forma estamos esclavizados y buscamos liberación; pongámonos humilde
y agradecidamente delante de la misericordia infinita de Dios; bañados en esa misericordia, que podamos ser más misericordiosos
con los otros. Porque es cuando recibimos y damos misericordia que podemos venir a la casa con Dios, con nosotros mismos,
y a nuestra comunidad.
“Mi casa es tu altar, Señor, Dios de los ejércitos, mi rey, mi Dios”.
Quiero hacer mi casa en ti, Señor, y quiero pedirte que hagas tu casa en mí y en nuestra
comunidad.