EL MISTERIOSO TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS
por HORACIO VELMONT
A juzgar
por los diarios de navegación de los primeros capitanes españoles, comenzando por Colón, el Triángulo de las Bermudas ha sido
siempre una zona de peligro, de misterio, y a menudo incluso de fatalidad.
Antes de tocar Tierra en su primer viaje, Colón experimentó ya un
anticipo de lo insólito: primero, la visión de las "aguas resplandecientes" de las Bahamas, y luego, de lo que parecía una
bola de fuego que dio la vuelta a la nave capitana para hundirse finalmente bajo el mar.
La brújula de a bordo sufrió inexplicables perturbaciones. El pánico
de los marineros llegó al máximo; incluso se temió un motín.
En septiembre de 1494, Colón observó las evoluciones de un "monstruo
marino" a la altura de La Española, la isla que hoy se encuentra repartida entre Haití y las República Dominicana.
El navegante, según la costumbre de la época, lo interpretó como
signo precursor de tempestad, por lo que hizo asegurar las naves.
El mismo año, un curioso "torbellino de viento" envió a tres de sus
barcos al fondo después de "haberlos hecho dar vueltas como una peonza tres o cuatro
veces… sin tormenta ni mala mar".
En 1592, durante otra expedición, mientras se encontraba descansando
en el puerto de Santo Domingo, sintiendo llegar la tempestad, sugirió al gobernador de La Española, su viejo adversario Bobadilla,
que aplazara la partida de sus treinta galeones cargados de oro y plata con destino a la madre patria.
El gobernador desoyó olímpicamente la advertencia de Colón con el
resultado de que, unos días después, veintiséis de los treinta barcos desaparecían con sus tesoros y sus tripulaciones en
la tormenta… Eran las primeras víctimas registradas por la historia, imputables al misterioso Triángulo de las Bermudas.
Trampa para aviones.
Eran las
diez y media de la noche del 29 de enero de 1948, cuando el enorme cuatrimotor inglés de pasajeros Star Tiger comunicó por radio que se encontraba en su ruta, a cuatrocientas millas de Bermudas y rumbo a Kingston,
con veintiséis pasajeros y su tripulación a bordo.
El tiempo era bueno y no había ninguna novedad. Éstas fueron sus
últimas noticias. El Star Tiger desapareció sin dejar rastros. No hubo ningún otro
mensaje ni se descubrió la más mínima huella de accidente, ni siquiera un rastro de aceite en el mar qué lo hiciera suponer.
Simplemente se esfumó en el aire con todos sus pasajeros.
Tras abandonar las nieblas londinenses, el Star Tiger, un Tudor IV perteneciente a la compañía British American Airways, había hecho escala primero en Lisboa
y después en la Azores.
En la fecha fatídica el avión debía detenerse aún en el aeropuerto
de Kindley Field, en las Bermudas, antes de alcanzar su destino: la ciudad de Kingston, en Jamaica.
A las 22,30 Kindley Field captaba un mensaje del capitán Macmillan,
el piloto del Star Tiger: "Nuestra posición
aproximada: 640 kilómetros al norte de ustedes. Contamos con aterrizar a la hora prevista. Condiciones meteorológicas y mecánicas
excelentes".
La llegada a las Bermudas estaba prevista para poco después de la
medianoche, pero el avión, tras el mensaje del capitán Macmillan, no volvería a dar señales de vida.
Treinta aviones, diez barcos y más de un millar de hombres partieron
en búsqueda del Star Tiger. Pero el avión había desaparecido para siempre junto
con los tripulantes y los pasajeros. Jamás se encontró ningún resto, ninguna huella, nada, absolutamente nada.
El informe sobre la investigación realizada concluyó con un escueto
"parece que una causa exterior puede más que el hombre y que la máquina".
El 17 de enero de 1949, a las 7,45 de la mañana, el capitán J. C.
McPhee se elevó en el Ariel en la pista de las Bermudas para dirigirse a Kingston,
Jamaica, a unas mil millas de distancia.
El Ariel, avión gemelo
del infortunado Star Tiger, llevaba combustible para diez horas extra de vuelo,
para el caso de presentarse alguna emergencia.
A los cuarenta minutos de haber dejado las Bermudas, el capitán McPhee
envió un mensaje radial informando que había alcanzado la altura de crucero, que el viento y el tiempo eran espléndidos y
que esperaba llegar a Jamaica a la hora prevista. Fue lo último que se supo del avión y sus tripulantes.
La Marina norteamericana estaba precisamente de maniobras al sur
de las Bermudas: un acorazado, portaaviones, cruceros y destructores, todos los cuales interrumpieron sus ejercicios para
explorar el sector situado entre estas islas y Jamaica, donde se suponía debían encontrarse restos del Ariel.
Tras señalar un avión de línea un extraño resplandor verde sobre
el océano, a trescientas millas de las Bermudas, dos destructores corrieron hacia ese punto: no había más que un mar en la
más perfecta calma.
Tanto el Star Tiger como
el Ariel fueron víctimas de una tragedia similar a la ocurrida el 5 de diciembre
de 1945, con los Avengers y el Martin Mariner.
El Triángulo de las Bermudas empezó a ser conocido con ese nombre
como resultado de la desaparición de seis aviones de la Marina norteamericana y sus tripulaciones ocurrida precisamente en
esa fecha.
Los primeros cinco aviones que desaparecieron, aparentemente en forma
simultánea, estaban cumpliendo una misión rutinaria de entrenamiento con un plan elaborado para seguir el curso de vuelo triangular.
Dicho vuelo debía comenzar en la estación aeronaval de Fort Lauderdale,
Florida, para luego seguir trescientos kilómetros hacia el Este, setenta y cinco kilómetros hacia el Norte y enseguida regresar
a la base, siguiendo un rumbo sudoeste.
Según lo señala Charles Berlitz, en su famoso libro sobre este triángulo
fatídico, las Bermudas dieron su nombre a una región conocida indistintamente como "Triángulo del Diablo", "Triángulo de la
Muerte", "Mar de la Mala Suerte", "Cementerio del Atlántico", etc.
El motivo principal es que esta zona se hizo notar en la época en
que el vértice del vuelo triangular desde Fort Lauderdale estaba en línea directa con las Bermudas.
Ocurre también que las Bermudas parecieran ser el límite Norte, tanto
de las primeras como de las últimas desapariciones de barcos y aviones, en circunstancias muy peculiares.
"Pero —dice Berlitz— ningún incidente anterior o posterior ha resultado más notable que esta desaparición total de un vuelo de entrenamiento
completo, junto con el gigantesco avión de rescate, un Martin Mariner, con una tripulación de trece hombres, que se desvaneció
inexplicablemente durante las operaciones de rescate".
El 5 de diciembre de 1945, cumpliendo ejercicios de entrenamiento
de rutina, cinco aviones de la Base Aérea Naval de Fort Lauderdale, Florida, despegaron para realizar breves vuelos triangulares
sobre el mar.
Estaban comandados por cinco oficiales pilotos y llevaban nueve tripulantes.
Los aviones eran bombarderos-torpederos Grumman TBM-3 Avenger, y cada uno llevaba
suficiente combustible como para volar más de mil ochocientos kilómetros.
Según el plan preparado de antemano, los Avengers del "Vuelo 19", que era el nombre del grupo, debían dirigirse hacia el Este, hasta una determinada distancia,
girar allí bruscamente para cubrir la segunda línea de la carrera, y efectuar luego otro ángulo agudo para regresar a la base.
La temperatura era de 18o C, había un sol brillante, sólo
algunas nubes dispersas y un moderado viento en dirección Nordeste.
Se trataba de un vuelo realizado anteriormente en muchas ocasiones
y no existía, por lo tanto, ninguna razón que permitiera suponer que éste sería diferente.
La duración de aquella misión específica fue estimada en dos horas.
Los pilotos, que ese mismo día también habían volado, informaron que el tiempo era ideal para llevar a cabo la misión.
Todos los aparatos estaban equipados con los mejores instrumentos
de radio y de navegación, y todos los miembros de la tripulación eran experimentados y competentes.
A las dos horas y dos minutos de esa tarde fatal, según la documentación
oficial, el primero de los Avengers se elevó en el aire. Seis minutos después,
los cinco aparatos se encontraban en el espacio, volando en formación, y continuaban tomando altura mientras se dirigían confiadamente
hacia el Este, sobre el horizonte del Atlántico, a poco más de doscientas millas por hora.
A las 3,45 de la tarde hubo una señal de alarma, la primera. Era
la hora en que debían estar pidiendo instrucciones para el aterrizaje.
Sin embargo, la estación radiotelegráfica recibió un mensaje urgente
del avión que comandaba el vuelo: "No podemos ver Tierra… No sabemos donde estamos…
No sabemos cuál es nuestra posición".
Debido a la estática, resultaba difícil escuchar los mensajes del
Vuelo 19. Aparentemente, los aviones no podían oír a la Torre pero en cambio la Torre escuchaba conversaciones entre los aparatos.
Algunas se referían a posibles falta de combustible; decían tener
gasolina sólo para 75 millas (120 kilómetros); hacían alusiones a vientos de 75 millas por hora.
luego, la extraña y
desalentadora observación respecto de que las brújulas giroscópicas y magnéticas de todos los aviones habían dejado de funcionar.
Durante todo este tiempo el poderoso transmisor de Fort Lauderdale
fue incapaz de hacer contacto alguno con los cinco Avengers, aunque la comunicación
entre ellos era bastante audible.
A las 4,25 de la tarde llegó el último mensaje de aquel infausto
vuelo: "… no sabemos dónde estamos… parece que nos encontramos a unas 225
millas al Nordeste de la base… Debemos haber pasado sobre Florida y estar en el Golfo de México…".
De inmediato, el jefe de vuelo decidió dar una vuelta de 180o,
con la esperanza de volar de regreso hacia Florida; pero, al hacer un giro, la transmisión comenzó a hacerse más débil, señalando
que habían hecho una mala maniobra y que estaban volando hacia el Este, lejos de la costa de Florida y sobre mar abierto.
Algunos informes señalan que las últimas palabras del Vuelo 19 fueron:
"Parece que estamos…"; sin embargo, otros de los que escuchaban parecen recordar
algo más, algo como "entrando en agua blanca… Estamos completamente perdidos…".
Inmediatamente se adoptaron medidas de emergencia. Un hidroavión
Martin, con trece tripulantes y un equipo completo de salvamento, partió velozmente
de la base… ¡para desaparecer cinco minutos después, también sin dejar rastros!
Los aviones guardacostas recorrieron la zona oceánica durante toda
la noche, y al amanecer entró en escena el enorme portaaviones Solomons, y colaboró
en la búsqueda con sus aparatos.
Al anochecer ya habían entrado también en acción 21 barcos, más de
300 aviones y 12 patrullas, pero no encontraron ningún indicio que pudiera darles siquiera la más mínima idea de lo que pudiera
haber sucedido con los aparatos.
No volvió a recibirse ningún mensaje del Vuelo 19, en misión de entrenamiento,
ni del Martin Mariner enviado a rescatarlo, y hasta el día de hoy no se ha encontrado
ninguna explicación al extraño fenómeno.
Sin embargo, poco después de las siete de la tarde, la base aeronaval
de Opalocka, en Miami, recibió un débil mensaje: "FT… FT…", siglas que eran parte de la señal de los aviones del
Vuelo 19.
Pero, si el mensaje provino realmente de la patrulla desaparecida,
el momento en que se recibió indicaría que fue enviado dos horas más tarde del
tiempo en que presumiblemente los aviones habían agotado su combustible.
El Departamento de Investigaciones Navales que se ocupó del caso
sabía que los Avengers debían haber dado la alarma en cualquier circunstancia,
y que por lo menos algunos de los tripulantes podían haberse salvado utilizando sus paracaídas.
De ahí que resultara sumamente extraño que no se hubieran recibido
mensajes de socorro, ni del Vuelo 19 ni de la misión de rescate, y que no se descubrieran rastros de ningún hombre, ni de
un jirón de ropas o de algún paracaídas siquiera.
La suerte de los cinco Avengers
con sus tripulantes y la del hidroavión que desapareció buscándolos se convirtió en uno de los misterios insondables de este
mundo.
El Departamento Naval concluyó su investigación argumentando que
no tenían la más mínima idea de qué pudo haber sucedido.
Se pensó, por supuesto, en los fenómenos magnéticos provocados por
los OVNIS o en la posibilidad de un "vendaval blanco", vientos arrolladores en los que la lluvia se mezcla íntimamente con
las brumas, fenómeno de violencia suficiente para desintegrar un avión.
Pero la pregunta obligada era: ¿Por qué también el Mariner había desaparecido?
La tragedia del Vuelo 19 atrajo la atención de todo el mundo sobre
esta región. Sin embargo, el nombre bajo el que conocería su siniestra gloria no se le otorgaría hasta veinte años después,
en un artículo publicado en la revista norteamericana Aregos y escrito por el periodista
Vicent Gaddis.
Por primera vez relacionaba la tragedia de los Avengers con otras desapariciones inexplicables sobrevenidas en la misma zona: había nacido el Triángulo de las
Bermudas.
Vignati, en su libro "El Triángulo Mortal de las Bermudas", al mencionar
a los miembros del Vuelo 19 omite al artillero de una de las tripulaciones, el cabo Kosner; éste, al tener una extraña premonición,
pidió ser relevado y no participó del evento.
El comandante del Vuelo 19 era el teniente Charles C. Taylor, natural
de Corpus Christi, Texas, seis años como veterano de la Marina.
Tripulación I: comandante: Charles C. Taylor;
operador de radio: Walter Parpat; artillero: George Devlin.
Tripulación II: piloto: Alférez Joseph Bossi;
operador de radio: primer marino Herman Thelander; artillero: primer marino Bert Valuk.
Tripulación III: piloto: teniente de Marines
Forest Gerber; operador de radio: soldado primero Willams Lightfood; artillero: ninguno
(Kosner no fue sustituido).
Tripulación IV: piloto: capitán de Marines
George W. Stivers; operador de radio: sargento Robert Gallivan; artillero: soldado primero Robert Grebel.
Tripulación V: piloto: capitán de Marines
Edward Powers; operador de radio: sargento de personal Howell Thompson; artillero: sargento de personal George Paonessa.
El Mariner enviado de
rescate era un avión realmente impresionante. Su fortaleza era tal que podía descender en mar picado. La tripulación que llevaba
estaba perfectamente adiestrada para búsqueda y rescate en alta mar.
Para aquella época su material técnico era modernísimo. Consistía
en botes salvavidas autoinflables y un tipo de transmisiones especiales, que al solo contacto con el agua emitían una llamada
de auxilio durante nueve horas.
El combustible le daba una autonomía de vuelo de nada menos que veinticuatro
horas.
Mientras tanto, en la Torre de Control se trataba de advertir a los
Avengers que ya había partido el rescate. Fue inútil, sin embargo, porque no se
pudo establecer contacto alguno.
Treinta minutos más tarde, el operador de radio del Mariner, J. Jorden, avisó a la Base que se estaban acercando a la posición última de los Avengers.
No divisaron absolutamente nada. Siguieron unos cuantos mensajes
del Mariner a Base, como posición, velocidad, viento, etc.
Todo parecía normal, salvo que, pasados los veinte minutos del último
mensaje recibido, la Base quiso establecer nuevo contacto con el Mariner. Fue inútil,
jamás respondió. ¿Había seguido la misma ruta que el Vuelo 19?
Cuando uno de los miembros de la Junta Naval de Investigaciones hizo
el comentario: "Se desvanecieron completamente, como si hubiesen volado a Marte…",
introdujo algunos inquietantes elementos relativos a viajes espaciales y posibles OVNIS, los que desde entonces pasaron a
formar parte, en buena medida, de la leyenda del Triángulo de las Bermudas.
Y cuando otro de los oficiales de la Junta expresó, captando el pensamiento
de todos los miembros: "Esta pérdida ocurrida en tiempo de paz parece ser un misterio
completo; el más extraño jamás investigado en los anales de la aviación naval…", dejó sentado, sin lugar a dudas,
que esa zona de las Bermudas, que siempre se había considerado un lugar común, no lo
era en absoluto.
Algunos desastres suelen presentar elementos de una coincidencia
increíble, sobre todo cuando ocurren en el mar. La desaparición del Vuelo 19 no constituyó una excepción.
El comandante R. H. Wirshing en esa época era teniente y estaba al
servicio como oficial de adiestramiento en la Base de Fort Lauderdale.
Wirshing recuerda que aquel mismo día hubo también un vuelo de entrenamiento
matinal que resultó algo extraño, ya que experimentó dificultades con el compás, y en lugar de volver a su base aterrizó ochenta
kilómetros al Norte.
Por lo menos dos miembros del Vuelo 19 —dice Charles Berlitz
en su libro sobre el Triángulo— parecen haber tenido un presentimiento acerca de la catástrofe.
Uno de ellos fue el propio instructor de vuelo, que se presentó con
retraso a recibir las instrucciones para la misión. Llegó a la 1,15 de la tarde y solicitó que le relevaran de aquella tarea
específica, aunque no acompañó su petición de ningún tipo de explicación. Simplemente dijo que no deseaba tomar parte en la
misión. Su solicitud le fue denegada.
El segundo caso, al que el teniente Wirshing atendió personalmente
y que resultó muy comentado, fue el incidente del cabo del Cuerpo de Marines, Allan Kosnar, el cual, pese a estar designado
para integrar el Vuelo 19, no participó.
Kosnar hizo la siguiente declaración a la Prensa: "No puedo explicar por qué, pero, por alguna extraña razón, decidí no salir en el vuelo de aquel día".
Sin embargo, el informe de pista daba a entender que los aviones
habían salido con sus tripulaciones completas, como si algún otro marino hubiese subido a bordo a última hora.
Esto obligó a realizar verificaciones de las listas de personal de
la Base para comprobar si faltaba alguien.
Cuando se averiguó que todo el personal estaba presente, el misterio
adicional del "informe de tripulación completa" se convirtió en otro de los elementos indescifrables de la múltiple desaparición.
Veintinueve años después de este incidente, se hizo público otro
aspecto insólito. Arti Ford, periodista, escritor y conferencista, que había seguido el caso desde 1945, hizo una sorprendente
declaración durante un programa nacional de televisión en 1974.
Ford sostuvo que el teniente Taylor había dicho por radio lo siguiente:
"No vengan por mí… parece que son
del espacio exterior…", y que esta información le había sido proporcionada en la época del suceso por un radioaficionado,
al que no le prestó atención en ese momento.
Con posterioridad, Ford encontró una prueba de lo transmitido, en
una transcripción de los mensajes enviados por el avión a la Torre y que fue incluida en un informe elaborado más tarde debido
a la presión de los padres de los tripulantes desaparecidos.
El documento, de carácter oficial y secreto —el cual, según
Ford, sólo pudo examinar en parte—, contenía al menos una frase: "No vengan por
mí…", coincidente con la que le había entregado el radioaficionado civil.
En la zona del Triángulo de las Bermudas, antes y después de este
incidente, han desaparecido muchos barcos y embarcaciones de placer, pero los desastres ocurridos simultáneamente a los cinco
Avengers y al Martin Mariner constituyeron
la primera vez en que se vieron afectados aviones, y en que hubo tantas y tan eficientes unidades de aire, mar y Tierra realizando
una búsqueda tan exhaustiva y desesperada.
La pérdida del Vuelo 19 inició una era de desapariciones de aviones
comerciales, privados o militares, que se agrega al desvanecimiento misterioso, desde hace muchísimo tiempo, de barcos grandes
y pequeños.
No obstante que en la actualidad se cuenta con sofisticados equipos
de recate aeromarítimo, con comunicaciones radiales con la Base más complejas y precisas, las desapariciones se siguen sucediendo
con inquietante regularidad, sin que hasta la fecha haya podido saberse qué es lo que en realidad ocurre en ese extraño lugar.
En 1947, precisamente el 3 de julio, un C-54 del Ejército de los
Estados Unidos desapareció en algún lugar entre las Bermudas y Palm Beach.
Llevaba una tripulación de seis hombres y la misión era de rutina.
Volaba desde las Bermudas a la Base Aérea Morrison del Ejército.
Su última posición conocida fue a unos 160 kilómetros de las Bermudas.
De la búsqueda participaron el Ejército, la Marina y la Guardia Costera.
El resultado fue negativo, no encontrándose ningún tipo de restos ni manchas de aceite. Otro misterio debido al Triángulo
de las Bermudas sin resolver.
El 27 de diciembre de 1948 un Chárter DC-3 despegó de San Juan de
Puerto Rico con destino a Miami, situada a unos 2000 kilómetros.
Llevaba a bordo 29 puertorriqueños, casi todos menores de 30 años,
que regresaban de pasar las Navidades con sus familiares.
Aproximadamente a las cuatro de la mañana, el capitán Linquist, piloto
del DC-3, entró en contacto con la Torre de Control de Miami: "Estamos a ochenta kilómetros
al sur del aeropuerto; se ven las luces de Miami, espero sus instrucciones para el aterrizaje".
La Torre transmitió las instrucciones esperadas, pero no se sabe
si fueron recibidas, porque Linquist hizo silencio… ¡para siempre!
El avión había desaparecido cerca de la pista. La última posición
estimada del avión se situaba en los alrededores de Cayo Largo, por encima de fondos de cinco a seis metros, solamente tapizados
de arena blanca.
Sobre estos fondos, el aparato caído, o incluso sus restos, habrían
sido visibles si el DC-3 hubiera estallado al tocar el mar.
Sin embargo, nada se encontró a pesar de la minuciosa búsqueda, nada,
ni siquiera un chaleco salvavidas, en fragmento de chapa, una mancha de aceite, cualquier pequeñísimo resto…
Los grandes aviones que han desaparecido desde el caso del Star Ariel han seguido en general un patrón semejante: primero, un comportamiento de vuelo normal, y después…
¡nada!
Ni restos de naufragio, ni manchas de aceite o restos flotantes,
o sobrevivientes; ni siquiera una concentración sospechosa de tiburones (estos escualos siempre acuden al escenario de un
desastre).
La desaparición de naves aéreas continuaron durante la década del
cincuenta. En marzo de 1950 se perdió un Globemaster norteamericano en el borde Norte del Triángulo, en ruta hacia Irlanda;
el 2 de febrero de 1952 desapareció el transporte York (británico) al Norte del Triángulo, en ruta hacia Jamaica, con 33 pasajeros
a bordo.
El 30 de octubre de 1954 se desvaneció al Norte del Triángulo un
Super Constellation (Marina), con cuarenta y dos personas a bordo.
El 9 de noviembre de 1956 se perdió un avió anfibio patrullero tipo
Martin P5M, de la Marina, con sus diez tripulantes, cerca de las Bermudas.
El 8 de enero de 1962, un avión-tanque tipo KB-50, de la Fuerza Aérea
de los Estados Unidos, que salía de la base Langley, Virginia, rumbo a las Azores, corrió la misma suerte del Super Constellation perdido en 1954.
Como sucedió anteriormente, hubo un débil mensaje radial que indicaba
que se había producido una dificultad no especificada, y luego… silencio absoluto.
Demás está decir que aquí tampoco se encontraron restos ni indicios
de lo que podía haber ocurrido.
Quince aviones comerciales de línea desaparecieron en la zona del
llamado Triángulo de las Bermudas entre 1954 y 1965, de la misma manera que gran cantidad de aviones militares y civiles,
y el fenómeno parece continuar indefinidamente.
El 5 de junio de 1965, un Flying
Boxcar C-119, que realizaba una misión de rutina y llevaba una tripulación de diez hombres, se desvaneció mientras volaba
desde la base de la Fuerza Aérea de Homestead hasta la isla Gran Turco, cerca de las Bahamas.
El piloto era el sargento Louis Giontoli, veterano de la Segunda
Guerra Mundial y Corea. Había regresado a la aviación porque le encantaba volar. Su copiloto era Larry Gares, de 29 años,
graduado en la Universidad de Wisconsin.
El resto de la tripulación estaba formado por Norman Mimier, 34;
Tom Nugent, 30; John Lazemby-Raoul Benedict, 35; Dick Basset, 32; Milton Adams, 36; Franck Ellison, 41; Duane Brooks, 32.
El último mensaje que se recibió del C-119 señalaba su posición a
unos 160 kilómetros de su destino con una ETA de una hora, aproximadamente.
Tras un rastreo que se extendió durante cinco días, la Guardia Costera
informó que los resultados eran negativos, agregando que no podían conjeturar siquiera qué era lo que había sucedido.
De la misma manera que en el caso de los Avengers en el Vuelo 19, y en el de otros aviones esfumados en el aire, se recibieron débiles a la par que ininteligibles
mensajes, como si algo estuviese bloqueando la transmisión radial o el aparato estuviera retrocediendo más y más allá, en
el espacio y en el tiempo.
Para hacer más incomprensible el misterio, otro avión que volaba
en la misma ruta, pero en dirección opuesta a la del C-119, informó que el tiempo y la visibilidad eran excelentes.
Charles Berlitz incluye entre las desapariciones misteriosas a la
de Carolyn Cascio, una mujer piloto autorizada que iba volando en un avión ligero, cuando se vio rodeada de una serie de circunstancias
insólitas.
Carolyn no iba sola, llevaba un pasajero que había recogido en Nassau
y lo transportaba hasta la isla Gran Turco, en las Bahamas.
La fecha era el 7 de junio de 1964. Cuándo llegó al punto en el que
calculaba que debía estar Gran Turco, se comunicó por radio y dijo que no podía encontrar la ruta y que estaba dando vueltas
sobre dos islas no identificadas.
Lo último que dijo fue: "Allí
abajo no hay nada. ¿Hay alguna manera de salir de aquí?".
Lo más extraño —acota Berlitz— es que algunos observadores
de Gran Turco notaron que, a la misma hora, un avión dio vueltas a la isla durante unos treinta minutos, antes de desaparecer:
"¿Cómo fue posible —se pregunta— que
aquellos observadores pudiesen ver el avión mientras que la piloto no podía ver los edificios de Gran Turco?".
El 11 de enero de 1967, un Chase
YC-122 con cuatro pasajeros y en ruta desde Palm Beach, Florida, hacia la Gran Bahamas, se perdió en algún punto al Noroeste
de las Bimini.
Otra desaparición se produjo en la ruta comparativamente corta desde
Fort Lauderdale a Freeport.
El 1 de junio de 1973, Reno Rigoni y su copiloto, Bob Corner, se
perdieron en su Cessna 180.
No pudo hallarse resto alguno dentro de la zona de su plan de vuelo,
a pesar de que en la búsqueda se incluyeron las Everglades, y su radio no transmitió ninguna señal de emergencia.
Las desapariciones misteriosas se siguen sucediendo ininterrumpidamente.
En 1974 se produjo otra extraña desaparición a 1440 kilómetros al Sudoeste de las Azores.
Éste fue el lugar en que se avistó por última vez, el 17 de febrero
de 1974, al aspirante a argonauta (quería atravesar en globo el Atlántico) Thomas Gatch.
En su búsqueda los aviones de la Marina norteamericana rastrearon
una zona de casi 600.000 kilómetros cuadrados, con resultado negativo.
Naturalmente que la vastedad del océano y la irregularidad de los
vientos serían suficientes para explicar que las aguas se hubiesen tragado el globo, pero la zona en que ocurrió la desaparición
no deja de ser llamativa.
Se han señalado las siguientes características respecto de las desapariciones
en la zona misteriosa del Triángulo, que han provocado inquietud y desconcierto en todos los que han investigado el fenómeno:
1) El número de desapariciones no guarda ninguna proporción con las
pérdidas registradas en cualquier otro lugar.
La enorme cantidad de desapariciones en la parte inferior del Triángulo,
especialmente en las Bahamas, en la costa oriental de Florida y en los Cayos de Florida, ha sido bien descripta por Ivan Sanderson,
que investigó ésta y otras numerosas zonas donde se han producido desvanecimientos de aviones durante un período de muchos
años.
2) Todos los aviones esfumados eran pilotados por profesionales de gran
experiencia, y dirigidos por navegantes bien entrenados. Todos llevaban radio y equipo de supervivencia, y todos desaparecieron
en medio de buen tiempo.
Esta observación atinada fue hecha por Dale Titler en su libro Wings of Misstery (Alas de misterio).
3) Existen razones para pensar que en estos misteriosos accidentes podría
estar envuelto un factor más importante que la suerte.
Con estas palabras Robert Burgess, otro investigador y escritor especializado
en fenómenos marítimos, concluye así su libro Sinkings, Salvages and Shipwrecks (Hundimientos,
salvamentos y naufragios), y agrega que, cualquiera que sea el nombre que se le dé, "aberración
atmosférica o algún otro, lo cierto es que ataca sin advertencia previa y con una frecuencia suficiente como para resultar
sumamente alarmante".
4) No existen testigos de las misteriosas desapariciones, porque nunca
ha habido sobrevivientes.
Los libros y artículos vinculados con el Triángulo se han circunscripto,
por lo general, a brindar cuenta detallada de las desapariciones de aviones, barcos y personas, y a "cerrar el caso" atribuyéndolas
a causas desconocidas o fácilmente explicables.
En razón de qué jamás se encontraron sobrevivientes, difícilmente
se puedan considerar las circunstancias de las desapariciones en detalle y compararlas entre sí.
5) El Triángulo de las Bermudas no es el único lugar donde se producen
desapariciones misteriosas.
Los investigadores del Triángulo Mortal han advertido desde hace
tiempo la existencia de otra zona misteriosa que está situada al sudeste de Japón, entre este país y las islas Bonín, y más
específicamente entre Iwo Jima y la isla Marcus.
La historia y la reputación de este lugar lo señalan como una región
de grave riesgo para barcos y aviones, incluso se la ha considerado —por lo menos oficialmente— como más siniestra
que el Triángulo de las Bermudas.
Después de la investigación realizada por un buque del gobierno,
en 1955, las autoridades japonesas resolvieron declararla zona peligrosa.
Esta investigación incluía a un grupo de científicos que iban recogiendo
datos mientras su barco, el Kaiyo Maru no 5, cruzaba el Mar del Diablo,
el cual tuvo un final inesperado: de pronto, el barco investigador desapareció junto con su tripulación y los científicos.
Las desapariciones en este lugar, similarmente a las que se producen
en el Triángulo de las Bermudas, no tienen causa explícita, no hay indicios de naufragio, de restos flotantes, de manchas
de aceite, simplemente no hay nada, ni el más ínfimo vestigio.
Pudo comprobarse que las dos zonas de peligro estaban situadas una
de la otra precisamente en las antípodas, entre 20o y 35o de latitud Norte, y que el meridiano 130 que
corta en dos el Mar del Diablo es el mismo que, al otro lado del Polo Norte, se convierte en el 50o de longitud
Oeste y casi toca la parte oriental del Triángulo.
Se verificó también que los extremos occidentales de las dos regiones
eran los únicos en el mundo donde las brújulas de navegación indican el Norte verdadero sin que sea necesario tener en cuenta
el fenómeno de declinación magnética (que en ciertas regiones pueden rebasar los 20o): sobre los dos meridianos
el polo geográfico y el polo magnético se confunden.
Los navegantes deben tener en cuenta esta rareza, so pena de ser
desviados muy lejos de su ruta.
Sanderson determinó la existencia de otras regiones del hemisferio
Norte donde se advertían las mismas anomalías que las del Triángulo de las Bermudas y el Mar del Diablo.
Curiosa coincidencia: todas estas regiones (Mediterráneo, Afganistán
y una zona situada al Nordeste de Hawai, en el océano Pacífico) estaban situadas a la misma distancia del Ecuador, exactamente
a 72o unas de otras, y todas tenían la forma de un rombo.
Otras investigaciones demostraron que había cinco regiones semejantes
en el hemisferio austral, equidistantes unas de otras, con las mismas características.
Y todos estos "cementerios mortales" —en número de doce si
se les añaden los dos Polos— registran la misma abundancia de extraños resplandores, de espíritus inquietos, de OVNIS
juguetones, y el mismo elevado índice de desapariciones.
6) El Triángulo de las Bermudas y otras zonas similares producen saltos
en el tiempo de las naves que lo cruzan.
Sanderson pone de relieve una cuestión muy sorprendente de la extraña
situación que se advierte en estas zonas, cuando describe cómo algunos vuelos cuidadosamente programados suelen legar con
un asombroso adelanto.
Así, hay aviones que han arribado con tanta anticipación con respecto
a su itinerario que la única explicación es que hayan encontrado un viento de cola de una velocidad de ochocientos kilómetros
por hora, por ejemplo.
A fines de la década del sesenta se produjo un incidente en el aeropuerto
de Miami que significó un salto en el tiempo y que ha quedado en un misterio impenetrable.
Un Boeing 727 de la National Airlines, al hacer la aproximación para aterrizar desde el Nordeste y cuando
se encontraba dentro de la pantalla de radar del Centro de Control, desapareció abruptamente por un lapso de diez minutos.
Luego reapareció y aterrizó sin dificultades, exhibiendo el piloto
y los pasajeros bastante sorpresa al advertir la preocupación del personal de Tierra, ya que para ellos nada extraño había
ocurrido a bordo.
7) En la mayoría de los casos no hubo mensaje alguno; en otros, fueron
extrañamente engañosos.
Es posible clasificar los "últimos mensajes" de los barcos y aviones, que más tarde desaparecerían sin dejar rastro, en comunicaciones rutinarias, sin ningún
indicio de desastre próximo, y las que expresaban sorpresa, desconcierto o temor, sin especificar la fuente de peligro con
que se enfrentaban y que, a todas luces, los capitanes no reconocieron o no percibieron por completo.
En el primer grupo corresponde incluir al DC-3, un vuelo chárter
que se aproximaba a Miami para tomar Tierra, y cuyo piloto informó: "Nos acercamos
al campo… Ahora podemos ver las luces de Miami. Todo va bien. Esperamos instrucciones de aterrizaje…".
Después de esto, el silencio total, el avión se esfumó en el aire
sin dejar el más mínimo rastro.
Los aviones británicos Tudor IV
Star Tiger y su gemelo, el Star Ariel, se encuentran entre los que enviaron
también comunicaciones normales que nada hacían presagiar su desaparición.
El mensaje oficial del Star
Tiger decía: "Tiempo y rendimiento excelente… Esperamos llegar a la hora
prevista".
Por su parte, el del Star
Ariel señalaba: "… Hemos alcanzado la altitud de crucero. Buen tiempo. Esperamos
llegar a Kingston según el horario previsto. Cambio de frecuencia para recibir Kingston".
Según lo señala Charles Berlitz en su libro sobre el Triángulo, en
el caso del Star Tiger se recibieron posteriormente dos mensajes radiados bastante
misteriosos.
El primero, recibido por varios radioaficionados, deletreaba la palabra
"Tiger" en Morse; en el segundo, una voz repetía las letras de código del avión: GAHNP.
Infinidad de barcos grandes y pequeños han enviado mensajes rutinarios
y desaparecido inmediatamente después.
Algunos de los mensajes de aviones o barcos se han interrumpido o
han sido bloqueados sin que se pueda conocer la causa; en otros, como en el caso del Star
Tiger, se reciben mucho después del momento en que lógicamente pudieron ser enviados.
En el caso del buque de carga transoceánico Anita, desaparecido en la parte Norte del Triángulo de las Bermudas, frente a Norfolk, el 21 de marzo de 1973,
los mensajes se seguían recibiendo al otro día de su desaparición.
El carguero japonés Raifuku
Maru emitió primero una llamada de auxilio, mientras se encontraba entre Florida y Cuba, y luego otro sumamente desconcertante:
"Peligro ahora como daga. Vengan rápidamente. No podemos escapar".
¿Cómo compatibilizar este mensaje con el emitido por el Vuelo 19:
"No vengan por mí"?
En una ocasión un piloto naval, indio americano criado en una tribu,
desapareció mientras mantenía comunicación por radio con su base.
Obviamente se encontraba en problemas, pero a pesar de ello no pidió
socorro, sino que se puso a cantar en otra lengua, con la lógica sorpresa de los que estaban escuchando.
Llamaron a un amigo suyo, también indio, con la esperanza de que
pudiera darles alguna idea de lo que estaba sucediendo, y cuando éste escuchó aquellos sonidos los reconoció como la "canción
de la muerte", que se canta cuando uno va a morir.
Avión y piloto, como tantas otras veces, se esfumaron sin dejar rastros
ni explicación para el extraño canto.
8) Es un común denominador de los mensajes la indicación del fallo de
los instrumentos y la pérdida del rumbo.
La primera comunicación del teniente Charles Taylor, jefe del Vuelo
19, con la base aeronaval de Fort Lauderdale, de regreso de su misión, fue de la falla de los instrumentos y de la pérdida
de dirección.
Los pilotos de los demás aviones también comunicaron lo mismo, agregando
que sus brújulas "se habían vuelto locas".
No se trata de una novedad de ahora, ya que en tiempos de Colón se
había advertido el giro de las brújulas. En la época de Charles Lindbergh también los pilotos habían observado el mismo fenómeno.
Tan asiduamente se ha comprobado ese fallo de los instrumentos electromagnéticos,
en distintas partes del Triángulo de las Bermudas, que en las cartas marinas
y aéreas se la sindica como área de desviación magnética, así como frecuente punto muerto en las comunicaciones radiales.
Uno de los extraños casos ocurrido en el Triángulo fue el incidente
del B-2. pilotado por el teniente Robert Ulmer, que volaba a 2700 metros, al Este de las Bahamas.
De pronto, sin que nada lo presagiara, el avión perdió el control
siendo zarandeado como si se fuese a partir en dos y bajó, en segundos, 1200 metros.
La tripulación, viendo que el avión respondía a los mandos, optó
por saltar en paracaídas al mar que estaba debajo, sobreviviendo todos menos dos.
Pero lo insólito del caso es que el aparato abandonado se enderezó
y voló por sí solo, sin piloto, cruzando todo el golfo de México hasta impactar contra una montaña, después de un vuelo sin
precedentes de 2700 kilómetros.
Muchos accidentes se han producido en la zona del Triángulo en razón
de que sus instrumentos han dejado de funcionar, incluyendo a submarinos.
En febrero de 1955,
el U.S.S Tigrone SSR-419, un submarino rompehielos reforzado, chocó con el único
pico subacuático existente en las proximidades de su zona de maniobras, del que habría pasado a 4 millas de distancia en caso
de haber funcionado correctamente sus instrumentos.
"Todo lo que sé —dijo Ted Hunt, que
pertenecía a su dotación— es que algo alteró el funcionamiento de nuestros instrumentos,
y que estuvimos a punto de perder el submarino".
9) En todos los casos en que se recibieron mensajes, estos mostraron
desorientación y extrañeza.
El teniente Taylor y los demás pilotos del Vuelo 19 expresaron un
sentimiento de completa confusión. La conversación posterior entre ellos incluía comentarios sobre la pérdida del rumbo, la
posibilidad de haber sobrevolado Florida y estar por encima del Golfo, y de que estaban retrocediendo hacia el Este, sobre
el océano.
Es común en la zona del Triángulo de las Bermudas esta pérdida de
orientación en un terreno familiar: los pilotos ven islas que no figuran en los mapas, se encuentran bajo un cielo que no
tiene el aspecto de tal, no reconocen un área que debía serles conocida, y así por el estilo.
Otro elemento desconcertante en los últimos mensajes recibidos del
Vuelo 19, poco antes de la interrupción definitiva de las comunicaciones fue esta frase: "Parece
como si estuviéramos penetrando en agua blanca".
10) Otro de los comunes denominadores lo constituye el propio ser humano.
Los investigadores han tratado de encontrar un elemento unificador
respecto de la carga que pudieran llevar los barcos o aviones que pudiera ser de interés para los extraterrestres, naturalmente
en caso de ser estos los causantes de las desapariciones.