INFORMACIÓN MÉDICA RESPONSABLE SOBRE EL COITO ANAL
Sexo anal, ¿es dañino?
El ano no pertenece al aparato reproductor, por lo que no está fisiológicamente
condicionado para el acto sexual, es un órgano contaminado con el material fecal y con muchos microorganismos. El riesgo de
infección se incrementa, pues el esfínter anal es mas rígido a la penetración y menos elástico que la vagina, con la consiguiente
mayor fricción, ocurriendo mayores microtraumatismos durante el acto sexual. Tampoco tiene la lubricación que normal y fisiológicamente
tiene la vagina. El riesgo de contaminación no es solamente local, las microfisuras que se producen durante el sexo anal producen
microsangrado en el pene y en el ano, que posibilita la contaminación sangre a sangre, mecanismo por el cual se explica que
el sexo anal sea el de mayor riesgo para la transmisión del virus del SIDA (VIH) y de otras Enfermedades de Transmisión Sexual.
Por último, el sexo anal, como práctica común, puede producir desgarros musculares en el esfínter anal. Por todo ello no es
recomendable hacerlo.
HOMOSEXUALIDAD, ¿NORMAL O ANORMAL?
La cuestión de la naturaleza de la homosexualidad viene siendo discutida desde
tiempos inmemoriales, sin que hasta ahora se haya llegado a una verdad aceptada por todos como irrefutable.
Y ésta es la razón fundamental de que existan dos bandos irreconciliables
en pugna: los heterosexuales por un lado, y los que no lo son por el otro.
Los motivos por los cuales estos dos bandos estén en pugna es la ignorancia
de aspectos esenciales de la homosexualidad que son necesarios para resolver el problema.
Los pondremos en evidencia a fin de que la pugna desaparezca para siempre
y los dos grupos puedan vivir finalmente en paz.
Está totalmente fuera de discusión que desde el punto de vista genético sólo
hay dos opciones: o se es hombre o se es mujer, no habiendo nada, científicamente hablando, que esté en el medio.
En este universo la clave es el amor. Así puede sentirse amor por los padres,
por los hijos, por los hermanos, por los amigos, por los animales, por las plantas e incluso por los objetos inanimados. Todo
está bien.
El amor es un fenómeno de espacio, y esto se comprueba porque quien ama quiere
tener lo más cerca posible al objeto de su amor. El odio lo aleja.
Con respecto a la homosexualidad, nadie es tan necio como para objetar el
amor entre dos personas del mismo sexo.
¿Por dónde pasan, entonces, las objeciones si no se cuestiona el amor? ¿Acaso
por el sexo?
La respuesta es que las objeciones tampoco pasan por el sexo, porque el sexo
es placer y cada uno lo obtiene como mejor le cuadre, que para eso el Absoluto dio a todos libre albedrío.
El sexo, como pauta, no tiene nada que ver con lo espiritual y los problemas
que produzcan su abuso o las desviaciones serán en todo caso un problema médico o, según las circunstancias, un delito (abuso
deshonesto, violación, estupro, etc.).
De más está decir que vejar a la pareja no es ningún acto de Servicio, y según
el grado de perversión hasta puede hacer descender de nivel a quien lo comete, pero esto es harina de otro costal.
Las prácticas sexuales, sean cuales fueren, son lícitas mientras las partes
estén de acuerdo. Comienzan a ser ilícitas desde el momento en que se fuerce a la otra parte de la relación a tenerlas, y
más aún si provocan daño.
Aunque no es tema de esta introducción cabe señalar, como de pasada, que los
actos hostiles no son gratuitos, como pudiera parecer, para quien los comete, porque quedan grabados como carga negativa en
las células, carga que es fácilmente detectable con el E-Metro (abreviatura de
Electropsicómetro), un aparato diseñado por L. Ronald Hubbard para descubrir fácilmente los engramas.
Los actos hostiles sólo pueden ser eliminados cuando quien los cometió los
vuelve a recordar y repasar, de acuerdo a la tecnología diseñada también por Hubbard, tal como sucedieron. Y advierto que
no es nada fácil confrontarlos. Muchas lágrimas se derraman, pero afortunadamente se compensan con el alivio que se siente
después.
Volviendo al tema de las objeciones a la homosexualidad, ¿si no pasan por
el amor ni por el sexo por dónde pasan entonces?
La respuesta es que las objeciones pasan únicamente porque los homosexuales
pretenden hacerles creer a los heterosexuales que lo que es claramente anormal es absolutamente normal. ¡Y esto es lo único
que se les puede achacar a ellos!
Es imposible que se le haga tragar a un heterosexual este “maco”,
por más que públicamente lo acepten por temor a que se los tilde de discriminadores: “Quienes están en contra de la
homosexualidad son homofóbicos”.
En esto hay que reconocerles bastante astucia a los homosexuales, pues utilizan
la misma táctica de los psiquiatras: “Quienes están en contra de la Psiquiatría están dementes”.
No se necesita acudir a estadísticas, que las hay, incluso hecha por los propios
homosexuales, para saber que en el 99 % de los casos la práctica sexual homosexual consiste en el coito anal, que llega prácticamente
al 100 % si se le agrega el sexo oral.
Ahora bien, el ano no está previsto por la naturaleza (dejemos a Dios de lado
en este asunto) para ser un órgano sexual, sino para la defecación, es decir, para la salida de excrementos.
Siendo naturalmente, entonces, un orificio de salida, resulta claro que es
antinatural pretender convertirlo en un orificio de entrada.
Obsérvese que no se está objetando que se use el ano para las prácticas sexuales,
lo que se está objetando es que se pretenda sostener que el ano es un órgano de índole sexual como la vagina, máxime que no
tiene la lubricación natural de ésta durante la cópula.
Además, los tejidos rectales se rasgan fácilmente y se dañan con cicatrices,
y por eso la transmisión de enfermedades venéreas ocurre más frecuentemente en el sexo anal que en el sexo natural de pene
y vagina.
Las relaciones sexuales de los homosexuales, por lo tanto, desde el vamos
están teñidas de anormalidad.
Se podrá poner sobre el tapete que los heterosexuales también utilizan el
ano para las prácticas sexuales, pero en los heterosexuales es sólo una alternativa, por un lado, y por el otro lado ningún
heterosexual será tan necio como para sostener que introducir el pene en el recto es un acto normal. Se lo usa a sabiendas
de que no lo es.
Y para que no quede ninguna duda, cabe reiterar que el coito anal, a pesar
de su anormalidad intrínseca, es lícito si la pareja está de acuerdo en esta práctica.
De más está decir que se requieren infinitos cuidados para introducir el pene
en el recto por los riesgos de toda índole que involucra.
La homosexualidad, en conclusión, desde el mismo momento en que la única alternativa
es la práctica anormal del sexo, cabe considerársela como enfermedad.
Y nadie dice que los enfermos no puedan practicar el sexo como les guste y
puedan. Pero lo que no es correcto es tratar de presentar a la sociedad como salud lo que no lo es.
Un punto interesante a considerar es la práctica del sexo oral. El orificio
bucal, ninguna duda cabe, tiene funciones concretas, que precisamente no tienen nada que ver con el sexo.
Sin embargo, con sus precauciones, no es objetable que se la utilice como
variante sexual. Pero nadie en su sensato juicio sostendría que la boca es un órgano sexual ni que usarla en materia de sexo
es lo “normal”.
El sexo oral, seamos concretos en esto, está dentro de las anormalidades del
sexo, no dentro de las normalidades, aunque sea lícito practicarlo si las partes están de acuerdo.
Introducir el pene en la boca es tan anormal como introducir el humo del cigarrillo,
aunque cause placer. La diferencia, bastante afortunada por cierto, es que el semen no llega a los pulmones…
Queda claro, entonces, que en todas estas cosas la necedad consiste en pretender,
para reforzar la argumentación, hacer ver como normal lo que es manifiestamente anormal.
Y ésta es la única razón, por lo tanto, de la pugna entre heterosexuales y
homosexuales.
A estas alturas cabe preguntarse por qué los homosexuales no quieren admitir
que su inclinación es simplemente una enfermedad mental.
Las razones son dos: por un lado, porque la misma Medicina en general, y la Psiquiatría en particular, aún ignoran el origen de esta enfermedad,
presentándola algunas veces como tal y otras veces como una variante de la sexualidad.
Por el otro lado, la razón está en la esencia misma del origen de la homosexualidad:
el engrama.
El engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder, y los homosexuales
tienen uno o varios engramas que los impulsan imperiosamente a relacionarse con personas de su mismo sexo.
Los homosexuales, por lo tanto, no son libres para decidir sobre su inclinación
sexual ya que los engramas deciden por ellos.
Es un absoluto mito eso tan declamado de la libertad del homosexual para decidir
hacia qué lado se inclinarán sus deseos sexuales.
El homosexual no tiene opción, porque no se es homosexual por elección sino por imposición.
Cabe la pregunta, reitero, a pesar de todo lo dicho, sobre por qué razón un
homosexual no admitiría nunca que es un enfermo.
La respuesta está, insisto, en la esencia misma del engrama. El engrama, por
definición, es irracional, lo que significa que no puede ser computado ni aceptado como tal por la mente analítica.
Éste es el máximo error de los psiquiatras, es decir, tratar de encontrarle
una explicación a la conducta homosexual, cuando desde el comienzo no puede ser explicada, simplemente porque el engrama no
puede ser razonado, ya que, como dije, por definición es irracional.
A todo esto debe señalarse que el engrama incluye algo más, y es la justificación
de la conducta aberrada que le impone a la mente analítica.
Cuando alguien comete un acto ilógico a causa de un engrama, nunca lo reconoce
como tal, sino que trata de justificarlo por todos los medios.
No es necesario profundizar sobre esto porque esta conducta absurda la vemos
cotidianamente en quienes nos rodean.
Esto se puede probar perfectamente a través del hipnotismo, ya que los engramas
son similares a las sugestiones hipnóticas.
Si a una persona se la somete a un trance hipnótico y el operador le implanta
la orden de que al despertar, en cuanto oiga determinada palabra, se sacará las medias y las colgará de la araña, al despertar
y escuchar la palabra así lo hará, sin importar que la habitación esté llena de personas y sin darse cuenta de lo disparatado
de su conducta a pesar de las risas de los presentes.
Cuando el operador le pregunte por qué razón se sacó las medias y las colgó
de la araña, nunca reconocerá que se trató de un acto irracional de su parte, sino que lo justificará de alguna manera, quizás
diciendo que las tenía húmedas y que en la araña se secarían más rápido.
Con la homosexualidad sucede exactamente lo mismo: los engramas que la producen
le impiden al homosexual reconocer que su conducta es irracional, y por eso la justifican con explicaciones tan risibles que
el heterosexual queda asombrado al ver que no se dan cuenta de algo tan obvio.
El heterosexual es, en cierta forma, como el operador hipnótico: se da cuenta
de la irracionalidad de la conducta homosexual porque está fuera del engrama, ya que no es él quien lo tiene.
Y esto es todo lo que hay que decir sobre una cuestión tan sencilla en el
fondo.
HOMOSEXUALIDAD,
LA ENFERMEDAD DISIMULADA
Hace ya más medio siglo que L. Ronald Hubbard demostró científicamente que
todas las desviaciones sexuales (homosexualidad, lesbianismo, transexualismo, bisexualidad, etc.) son enfermedades psicogénicas
(erróneamente denominadas “psicosomáticas” por la
Psiquiatría) provocadas por engramas.
Cuando los engramas se eliminan de la mente reactiva, todas las desviaciones
sexuales desaparecen, y quienes las padecían comienzan a actuar según su patrón óptimo, como hombre o como mujer.
No hay, ni hubo, ni habrá, un tercer sexo.
Es un hecho científico invariable que el hombre o la mujer, libre de engramas
que desvíen sus impulsos sexuales naturales, busca espontáneamente la unión con el sexo opuesto.
Es paradójico que los homosexuales, que tanto pregonan sobre la libertad sexual,
sean precisamente quienes menos posibilidades tienen de elegir, ya que los engramas
lo hacen por ellos.
Aunque al homosexual se le concediera toda la libertad del mundo seguiría
siendo un esclavo.
Ahora bien, ¿por qué los homosexuales defienden su condición catalogándola
de “normal” desechando de plano cualquier atribución de anormalidad?
La razón se encuentra en que la mente analítica siempre justifica la conducta
provocada por los engramas restimulados, sin importar lo irracionales que fuere.
Esto puede verse fácilmente en los experimentos hipnóticos: cuando el operador
le dice al hipnotizado (por ejemplo hombre heterosexual) que cuando despierte, al pronunciar determinada palabra, se sentirá
una mujer y actuará como una mujer, al despertar y escuchar la palabra clave así actuará.
Pero lo sugestivo son las respuestas que brinda el hipnotizado cuando el operador
le pregunta por qué actúa así… ¡son las mismas respuestas que brindan los homosexuales!
I
EL MITO DEL TERCER SEXO
Apenas se conoció
la decisión de la Corte Suprema de Justicia
de los Estados Unidos (20/5/96), prohibiendo explícitamente la discriminación contra los homosexuales por considerarla anticonstitucional
(el fallo también afirmó el derecho de la comunidad homosexual de ese país a ser protegida por tratarse de una minoría), manifestantes
de organizaciones de gays y lesbianas se reunieron en las escalinatas del Parlamento de Uthah en apoyo a la resolución.
Estos pronunciamientos y estas manifestaciones resultarían
innecesarios si los descubrimientos de L. Ronald Hubbard sobre la mente humana y las enfermedades mentales, como la homosexualidad,
el lesbianismo —y cualquier otra desviación de los impulsos sexuales normales— fueran conocidos por todos, en
especial por la comunidad médica.
El homosexual es una persona enferma y, como cualquier
ser humano enfermo, merece todo el respeto de la comunidad sin necesitar de fallos que prohiban su discriminación.
Incluso el propio homosexual, al saber con toda certeza
que el origen de su inclinación no es más que un trastorno mental como muchos otros, y que esto lo saben todos, simplemente
buscaría su curación como lo haría cualquiera que tenga un padecimiento, sin necesidad de verse obligado a defender sus derechos,
que desde ya los tiene sin que ningún tribunal del mundo tenga que reconocércelos.
¿Qué padre recriminaría a su hijo por sus inclinaciones
homosexuales sabiendo que se trata de un trastorno mental que incluso él mismo puede habérselo causado?
Si los que son pilares de la sociedad —y tienen poder para modificar
el estado de cosas— se muestran indiferentes a esta problemática siguiendo la política del avestruz, menos lo harán
los que se encuentran en los estamentos más bajos.
II
HOMOSEXUALIDAD
Y LESBIANISMO
La prueba concluyente
de que los engramas son el único origen de la homosexualidad y el lesbianismo, lo brinda el incuestionable hecho científico
de que cuando ellos se eliminan de la mente reactiva desaparecen para siempre tales desviaciones y la persona actúa de acuerdo
a su patrón genético, como hombre o como mujer. No hay un “tercer sexo”.
La homosexualidad, que puede definirse como la conducta sexual consistente
en la atracción hacia personas del mismo sexo, comenzó a ser estudiada científicamente por Rodolfo Westphal, profesor de psiquiatría
de Berlín, a fines del siglo pasado.
Este profesor publicó, en 1870, en una revista para la comunidad médica, la
historia de una joven que desde su infancia usaba trajes de niños y solamente le interesaban los juegos varoniles.
Ya adolescente, cuando sintió los primeros impulsos sexuales, prefirió relacionarse
con las mujeres, sintiendo placer mediante caricias mutuas y roces recíprocos de pechos.
Las intenciones del psiquiatra alemán se dirigían a probar que la anormalidad
era congénita y no adquirida. Por su trabajo a Westphal le llovieron críticas, ya que hasta ese momento las manifestaciones
de esta naturaleza eran catalogadas, sin demasiado estudio, como simples estados de locura.
Un siglo antes, en 1771, se publicó la historia de dos hombres que preferían
relacionarse amorosamente con personas de su mismo sexo, aunque el hecho pasó desapercibido para la sociedad de esa época.
El primer alegato a favor de la homosexualidad probablemente se debe a un
suizo llamado Hossli, que en 1936 publicó una novela llamada Eros, cuya trama se basaba en un hombre joven, adinerado, que
impulsado por un amor profundo y por celos, asesina a un joven.
Muchos científicos se empeñaron en demostrar el carácter congénito de la homosexualidad.
Entre ellos, un médico gay, Carlos Alberto Urichs, investigó esta problemática allá por 1840, pero sus trabajos no tuvieron
repercusión porque se lo consideró parcial, ya que el mismo admitió ser homosexual.
Este reconocimiento público lo obligó a utilizar el seudónimo de Numa Numatius.
Urichs consideraba que un alma de mujer se unía a un cuerpo de hombre, y viceversa,
desde el vientre de la madre.
En Europa, la cuestión de la homosexualidad comenzó a difundirse a partir
de 1880. En Francia el tema empieza a interesar en 1881. Charcot y Magman la catalogan como “un proceso profundo de
degeneración hereditaria relacionada con la dipsomanía y la cleptomanía”.
También investigadores italianos como Ritti, Lombroso y Tamasia exponen sobre
el tema. El término “inversión sexual” probablemente provenga de la península itálica.
En 1905, Sigmund Freud publica Ensayos sobre sexualidad, que comprendía tres
capítulos: 1) las aberraciones sexuales; 2) la sexualidad infantil y 3) la metamorfosis de la pubertad.
En el primero delinea una respuesta, señalando que “ni con la hipótesis
de la inversión congénita ni con la contraria de la inversión adquirida queda explicada la esencia de la inversión. En el
primer caso, habría que explicar qué es lo que se considera innato de ella si
no se quiere aceptar la burda explicación de que una persona trae ya establecida al nacer la conexión con el instinto sexual.
La inversión puede ser suprimida por sugestión hipnótica, cosa que constituiría un milagro si se tratase de un carácter congénito.
En la segunda hipótesis se plantea si las diversas influencias accidentales bastan por sí solas para explicar la adquisición,
sin la existencia de algo favorable en el individuo, cosa inadmisible”.
En Roma, la homosexualidad tomó estado público cuando comenzó a ser practicada
por muchos de sus emperadores.
Julio César fue precisamente uno de los emperadores a quien más se le conoció
su vida sexual (se lo llamaba “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”).
Emperadores de elevada intelectualidad y, desde el punto de vista romano,
también de elevada moral, fueron acusados, con más o menos fundamento, de prácticas homosexuales: Calígula, Augusto, Tiberio,
Nerón, Gelba, Tito, Adriano, Heliogábalo, entre otros.
La homosexualidad ha existido desde que el mundo es mundo, pero la polémica
acerca de ella fue avivada por Edward Carpenter, quien en 1894 publicó en un periódico de Manchester un artículo en abierta
defensa de tal condición.
El autor criticaba sin pelos en la lengua la corriente psiquiátrica que comenzaba
a afirmarse. Además, sostenía que “el amor de los gays está sujeto a las mismas leyes que el heterosexual” y exaltaba
“el compañerismo y el alto grado espiritual de los homosexuales por sobre los héteros”.
Una de las víctimas que se registran por la condición de homosexual, fue un
distinguido humanista de apellido Muret (mediados del siglo XV, comienzos del Renacimiento).
De gran inteligencia, enseñó filosofía y derecho civil en París. Sus propios
alumnos, en cuanto supieron su condición, lo denunciaron y lograron que se lo encarcelara.
Sumido en una profunda depresión, intentó suicidarse. Liberado por sus amigos,
se refugió en Tolosa, donde enseñó derecho romano.
Pero enteradas las autoridades de sus preferencias sexuales, por las relaciones
que mantenía con uno de sus alumnos, nuevamente lo denunciaron. Fue sentenciado y condenado a morir quemado en la hoguera.
En Grecia, sin embargo, la homosexualidad se admitía en la vida social sin
que a nadie se le ocurriera matar o segregar a alguien que amara a personas de su mismo sexo.
Parménides se había ocupado de investigar el asunto, llegando a la conclusión
de que la homosexualidad era hereditaria.
En el norte de Europa —explica Germán Pitelli (Clarín, 1/2/92, 2ª sesión,
p. 27)—, Suecia, Noruega y Dinamarca, en la época en que eran Escandinavia del Norte (antes del siglo XIII), los guerreros que poseían rasgos femeninos eran tratados con desprecio y expulsados de las
fuerzas.
Con la llegada del cristianismo se les dio, según lo dice el libro Jahrbuch
für Sexuelle, un salvoconducto: convertirse en sacerdotes o en frailes.
En el Nuevo Catecismo, la
Iglesia considera a la homosexualidad como contraria a la naturaleza, pero pide respeto y compasión hacia
los homosexuales.
Un tanto al margen de este asunto, pero que se puede mencionar acerca de la
perversión sexual, era que la mejor explicación que antes había para ella era algo sobre que las chicas envidiaban el pene
de papá, o que los chicos se trastornaban por esa cosa terrible, la vulva, que imprudentemente mamá mostró un día.
III
Medicina y homosexualidad
¿Qué sabe la medicina sobre la homosexualidad? La pauta puede darla la respuesta
brindada por el psicoanalista argentino David Rosenfeld, en su carácter de vicepresidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) y miembro didacta de la Asociación Psicoanalista de Buenos Aires (APDeBA), al
diario Clarín (20/9/92), 2ª sesión, artículo firmado por Fabiana Fondevilla titulado “Gays, ¿para nosotros, la libertad?”,
p. 7), donde, al preguntársele sobre el origen de la homosexualidad prefirió no arriesgar una respuesta explícita por considerar
que ello implicaría entrar en “consideraciones ideológicas”(?).
Luego formula algunas especulaciones sobre lo que a su juicio podría ser su
origen, reconociendo, según su propia clasificación, tres tipos básicos de homosexuales.
El primer tipo es el que se
describe como “depresivo, originado en un duelo precoz no elaborado, de madre o padre, generalmente en los primeros
años de vida”.
Ilustra con el siguiente ejemplo: “Un hombre que perdió a su madre en
la temprana infancia puede intentar reconstruir ese vínculo a través de una relación sexual fantástica con otro hombre, en
donde uno hace de mujer. Entonces, en su fantasía, hay tres personas haciendo el amor: dos hombres y una mujer. En esa relación
triangular recupera a la madre muerta”.
El segundo tipo sería la ecuación conocida como “arquetípica”
de la historia homosexual: padre ausente (real o afectivamente)-madre dominadora. En este caso -especifica Rosenfeld- “la
madre o grupo de mujeres de la familia destruyen el mensaje paterno. Suele tratarse de una madre que sintió el parto como
la pérdida de un pedazo de su cuerpo y, entonces, intenta recuperarse anexando ese trozo de carne al que dio a luz, haciéndolo
nuevamente una parte de ella para llenar el vacío. Por eso asesina cualquier aproximación padre-hijo”.
Este tipo de homosexualidad, sostiene este analista, sería difícil de tratar
porque la identificación primitiva es muy profunda.
En cuanto al tercer tipo, Rosenfeld lo describe como “el más perverso”,
definiendo este término como “aquel que obliga a otros a entrar en actos homosexuales, generalmente seduciendo a los
más jóvenes”. Esta clase de gay es el que representa “una actuación burda y exagerada de conducta feminoide, un
disfraz de mujer”.
Considera a este tipo de paciente casi imposible de tratar, porque suele estar
rodeado por un grupo de referencia de las mismas características.
Si hemos de tomar como válidas para la Psicología estas consideraciones, y no vemos ningún inconveniente en hacerlo por provenir
de tan alta autoridad médica, debemos concluir que la medicina ignora en forma absoluta el origen de la homosexualidad, el
lesbianismo y de cualquier otra perversión sexual. Si desconoce el origen de estas desviaciones, es obvio que tampoco puede
curarlas.
Las explicaciones que brinda el doctor Rosenfeld carecen totalmente de asidero,
por no decir disparatadas.
Con todo el respeto que merece este profesional, no se puede dejar de criticarlo
acerbamente porque son realmente inconcebibles a estas alturas, máxime si se tiene en cuenta que el problema del origen de
la homosexualidad, así como también de todas las enfermedades mentales, ya fue resuelto definitivamente hace medio siglo y
lo mismo respecto del tratamiento para erradicarlas definitivamente de la sociedad.
IV
el Derecho Y la homosexualidad?
La perplejidad de la
Psicología tradicional respecto del origen de la homosexualidad se extiende también al ámbito jurídico.
El doctor Elías Neuman, prestigioso penalista argentino, dice en su libro
El problema sexual en las cárceles (2ª edición, 1987, p. 103), que “la homosexualidad es una manera sexual de ser, de
la que, poco o mucho, participaron (o participan) —en ese aspecto el tema ha merecido una profunda investigación histórico-psicológica—
todos los hombres. No parece ser una enfermedad física. Al menos no daña la salud y no debe confundirse con la bisexualidad,
donde la tendencia heterosexual puede hacerse triunfar reprimiendo o eludiendo la otra”.
Líneas más adelante, ratifica sus dudas: “Aunque fuere por el hecho
de que muy pocos hombres escapan a la anécdota homosexual (fantaseos, pensamientos, actos fallidos), esto debería hacer pensar.
Se ha dicho que también lo antinatural forma parte de la naturaleza... Por ser normal no se debe difamar, atacar o reprimir
lo que no se es, o acaso no se conoce. Nadie puede estar orgulloso de algo que nada hizo por obtener. No hay mérito en ello.
Nadie hizo nada para ser judío, ni negro, ni mahometano, ni mujer, ni varón, ni argentino, ni invertido. Ninguna práctica
sexual hecha con amor y aceptación de ambas partes puede parecer, en principio, criticable. Respecto del robo podemos teorizar
sobre sus móviles, sobre los aspectos, sobre los controles de poder y aun sobre el papel de la víctima, pero otra cosa es
el impulso irremediable debido a la atracción sexual, o el hambre o el deseo de dormir”.
Si un investigador de la talla del doctor Neuman, autor de más de diez obras,
permanentemente consultado por los medios de comunicación, ignora que ya hace medio
siglo fue resuelto definitivamente el origen y la curación de la homosexualidad, cabe deducir con toda lógica que esta ignorancia
cabe extenderla a todo el Derecho.
V
El culto de Maniqueo
La perversión puede tener otros aspectos. En una sociedad examinada, estas
aberraciones se habían multiplicado en tal medida que había surgido un importante culto místico que sostenía que toda afección
mental provenida del sexo.
Naturalmente, eso dio más ímpetu a las aberraciones en torno a la segunda
dinámica del sexo, ya que una creencia veneradora así tiene que haber sido originada por alguien que tenía aberraciones en
dicha dinámica.
La creencia de que el sexo era la única fuente de aberración y de tribulación
humana, como era lógico, atrajo como sus seguidores a individuos que tenían modelos aberrativos similares.
Y así, el culto siguió reforzando
factores aberrativos que ya existían en la sociedad, puesto que toda su actividad estaba dirigida a hacer del sexo una cosa
monstruosa y horrible, etiquetándolo como la fuente primaria de las enfermedades mentales.
El profeta de este dios era Maniqueo, un persa del siglo III, que enseñó que
todo lo que tenía que ver con el cuerpo, especialmente el sexo, era malo.
El culto de Maniqueo continuó con éxito hasta principios de la Edad Media, y después desapareció para, afortunadamente, no molestar
más al hombre.
VI
La solución del enigma de la
homosexualidad
La discusión en torno a la homosexualidad, así como también la del aborto
o la pena de muerte, está tan impregnada de ignorancia y de prejuicios, que la objetividad científica que debe campear en
la materia se esfuma en cuando alguien pretende aproximarse a ella, máxime con especulaciones teóricas trasnochadas en lugar
de los datos verdaderos que hoy disponemos, y que ya deberían estar al alcance de todos, estudiosos del tema o no.
El tema fundamental sobre el que gira la discusión es si la homosexualidad
constituye una enfermedad o una variante de la sexualidad, criterio este último adoptado por la Organización Mundial de la Salud
(OMS).
La homosexualidad, como cualquier otro trastorno del sexo (impotencia, frigidez,
voyeurismo, transexualismo, exhibicionismo, etc.), es una enfermedad de origen psicogénico provocada por engramas.
A pesar del origen mental de la homosexualidad, quienes la padecen están también
muy enfermos físicamente (por ejemplo, desarrollo o subdesarrollo de los órganos sexuales, inhibición o exageración seminal,
etc.).
El camino para resolver el problema de la homosexualidad es el camino para
resolver cualquier trastorno mental, ya que el origen es el mismo.
Veremos seguidamente, entonces, cuál es el mecanismo que transforma a un heterosexual
(patrón genético óptimo) en un homosexual.
Es posible trazar una analogía entre el hipnotismo y las enfermedades mentales.
Mediante sugestión imperativa, el hipnotismo introduce en la mente reactiva, erróneamente denominada por la Psicología tradicional “inconsciente”, una u otra forma de demencia.
La sugestión poshipnótica puede ayudar a comprender el accionar básico de
los trastornos mentales y la irracionalidad. Instalando sugestiones imperativas en un individuo puede hacérsele actuar como
una persona demente.
Mediante este experimento puede comprobarse que con diversas sugestiones es
posible crear la “apariencia” de las diversas neurosis, psicosis, compulsiones, represiones, etc., enumeradas
por la psiquiatría.
Se le pueden dar sugestiones de cualquier tipo, por ejemplo que tendrá un
insistente impulso de recortar tiritas de papel y que cuando lo haga sentirá que le disgusta hacerlo, o que tendrá fantasías
eróticas con respecto a cierta actriz, pero que cuando las tenga sentirá que le duele la boca del estómago. La psiquiatría
cataloga estas actitudes como neurosis.
Se le puede decir que es un asesino peligroso y que la policía lo está buscando
afanosamente, o que cada vez que camine por la calle creerá que alguien lo está siguiendo sigilosamente. Estas actitudes son
catalogadas como psicosis.
Estas sugestiones operarán cuando esté despierto, y seguirán operando hasta
que el hipnotizador lo libere de ellas.
Se le puede ordenar que tendrá necesidad de pegar un puñetazo en la mesa cada
vez que escuche sonar el teléfono y así lo hará en cuanto lo oiga. También puede ordenársele que debe sobresaltarse cuando
vea encenderse una luz y se sobresaltará cada vez que alguien lo haga. Experimentará todas estas cosas, que se catalogan como
compulsiones.
De este modo puede recorrerse toda la lista de trastornos mentales y, creando
sugestiones imperativas como para provocar el estado de ánimo apropiado, obtener en el sujeto despierto una apariencia de
cada demencia.
Decimos que estas actitudes son “apariencias”, en el sentido de
que son semejantes a la demencia y el sujeto “actúa” como demente, pero no padecería en realidad el trastorno
sugerido ya que cuando se elimina la orden hipnótica éste desaparece.
El hipnotismo, entonces, no es otra cosa que la técnica de implantar en la
mente reactiva (“inconsciente”) sugestiones imperativas. Esto, apenas si es necesario advertir, reduce el autodeterminismo
de las personas al obligárselas a obedecer órdenes ocultas introducidas sin su autorización consciente.
La hipnosis y el engrama son en el fondo cosas similares. Con mayor precisión, puede decirse que
el engrama es una orden hipnótica de alto poder, porque, por definición, contiene dolor físico, algo que la hipnosis común
no tiene, ya que generalmente se practica con el consentimiento del sujeto.
VII
¿Qué enfermedades producen
los engramas?
Los engramas producen “cositas” como esquizofrenia, paranoia,
autismo, epilepsia, parálisis, artritis, tartamudez, trastornos coronarios y de la vesícula biliar, amnesia, ceguera y sordera
histérica, miopía, anorexia, bulimia, mareos, caries dentales, alcoholismo, drogadicción, insomnio, impotencia sexual, dolores
de cabeza, depresión, y, claro está, todas las enfermedades catalogadas y a catalogarse en el futuro por la psiquiatría.
Por supuesto, sería absurdo afirmar que todas las enfermedades son psicosomáticas,
puesto que existen formas de vida llamadas microbios, cuyas metas son también la supervivencia, pero cabe señalar que la restimulación crónica de los engramas reduce las defensas del organismo.
Todo el mundo posee mente reactiva. Ningún ser humano, examinado en cualquier
parte, se encontró exento de ella o libre del contenido aberrativo de su banco
de engramas.
Ésta es la mente que hizo que Calígula nombrara a su caballo para un puesto
en el gobierno, o que César mandara cortar la mano derecha de miles de galos.
Ésta es la mente que hace que alguien encuentre gratificación sexual mirando
actos eróticos o de desnudez o los genitales a quienes ignoran ser vistos (voyeurismo).
Ésta es la mente que hace que alguien encuentre placer en comer heces (coprofilia)
o que se sienta compulsionado a transformarse en el sexo opuesto, aunque tenga que recurrir a medios quirúrgicos (transexualismo).